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Tu rostro, el de Universo

orilla

“Niña, no te mires tanto al espejo”,  le decía mamá a Mari Carmen, que contemplaba complacida en el cuarto de baño su lozana belleza adolescente. “Sólo somos polvo, ¿de qué te enorgulleces, hombre?”, imprecaba el predicador amenazante desde el púlpito. “Despréciate a ti mismo”, nos decían en una interpretación un tanto masoquista de la espiritualidad. Esta manera de educar tenía evidentemente un fundamento: Ninguno de nosotros somos el centro del universo. La egolatría, además de hacer daño a la persona, no responde a la realidad, puesto que no somos sino un grano de arena de la playa o una gota perdida en el mar. Pero también esa gota y ese grano tienen su importancia en el todo. El hecho es que pasamos en este mundo una media de setenta u ochenta años y olvidamos que formamos parte de un proceso más importante y definitivo.

Pero, aunque esto es cierto, tal manera de enfocar la vida nos ha hecho mucho daño. Todavía hay gente por ahí que no ha aprendido a quererse a sí misma y que vive angustiada con no se sabe  por qué sentimiento de culpabilidad, sin haber disfrutado nunca de la vida porque “todo es pecado” o egoísmo o insolidaridad.

Hoy sabemos que las consecuencias de la carencia de autoestima pueden ser más graves de lo que podemos imaginar. Aun los médicos más tradicionales y ortodoxos aceptan ya la importancia del influjo de la mente en nuestras dolencias y enfermedades. Un sentimiento de culpabilidad llevado al extremo puede minar de tal manera el subconsciente que provoque un cáncer. La razón es muy sencilla: No sentirnos bien dentro de nuestro pellejo ocasiona tal falta de armonía en la persona que puede derrundar en un  irreparable deterioro psíquico y a la larga incluso físico.

De aquí la importancia de comenzar con ser buena persona con uno mismo, de tener un espejo agradecido y de no torturarse por dentro con complejos y minusvalías. La autoestima no tiene nada que ver con la “chulería” o el hedonismo. “Ahora estamos pasando al extremo opuesto”, dice la gente. “Tanta autoestima nos está haciendo unos blandos. ¿Dónde dejamos el espíritu de sacrificio y la renuncia por un gran ideal?”. La gente que piensa así no sabe en qué consiste la autoestima. Confunde la autoestima con rascarse la barriga o unas vacaciones en el Caribe. Ignora que el amor a uno mismo, necesario para querer adecuadamente a los demás, incluye muchas veces renuncia de lo secundario para llevar a cabo lo que verdaderamente nos realiza en profundidad. Desde una postura creyente diríamos que la verdadera autoestima es llegar a querernos cada uno de nosotros  como el propio Dios nos quiere.

Desde una actitud positiva hacia nosotros mismos comenzaremos a ver con más optimismo el restos del mundo y estaremos preparados a ayudar a los demás. El problema de Mari Carmen, la niña que tanto se acicalaba después de la ducha, desngañémonos, no era tanto mirarse al espejo, sino estancarse en su propia imagen superficial. Lo maravilloso es cuando tras horas de mirarse uno al espejo el propio rostro se desvanece y aparece el rostro del Universo. Entonces uno se siente pequeño y grande al mismo tiempo, maravillosamente bien.

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