Amar, perder, reconstruir (3era parte)

Cuando nos involucramos en una relación de pareja establecemos una serie de reglas y compromisos más o menos inconscientes. El modo en que nos relacionaremos con la otra persona, si seremos o no puntuales, cuánto espacio de libertad dejaremos para nosotros y cuánto nos pedirán, quién manejará la relación, cómo se tomarán las decisiones importantes, cuáles son los límites para quienes están fuera de la pareja, son todos aspectos que van definiendo a la relación y a quienes forman parte de ella.

Para algunas personas el único modo de sentirse enamorados y comprometidos en una relación es sintiendo la completa seguridad de que son el ser humano más importante en la vida del otro, el más importante, a veces lo único verdaderamente importante en la vida de su compañero(a). Otros, en tanto, deben asegurarse un espacio de libertad y de cuidado antes de vivir una relación con más plenitud, es como si el compromiso fuera tolerable sólo en estas condiciones. Otros, aquellos que viven obsesionados con el abandono y le temen al rechazo podrían pasarse la vida entera sin comprometerse para evitar la pérdida y, si lo hacen, probablemente tendrán esta misma sensación con más frecuencia de lo que desearían.

En la relación de pareja las personas tenemos la oportunidad de conocer a fondo a ese ser humano que es nuestra compañera afectiva y, quizá más importante, tenemos la oportunidad de saber mucho más sobre nosotros mismos al experimentar e indagar en el complejo mundo afectivo que se despliega en ese círculo especial de intimidad en el que se desenvuelve la relación.

La búsqueda de un compañero afectivo impone una serie de tareas las que la mayor parte del tiempo son asumidas de un modo inconsciente. Después de esa química inicial, que muchas personas describen como inmediata, las personas se disponen para conocer más a fondo a él o la candidata. Es frecuente que en esta etapa, cuando iniciamos una relación de pareja, junto con la ilusión, la alegría y el misterio de la seducción puedan surgir sentimientos de inseguridad o de temor. Muchas personas, por ejemplo, necesitan estar completamente seguras de que no recibirán un rechazo para abrirse y mostrar sus sentimientos. Otros, en cambio, pueden desplegar un complejo repertorio de pruebas para “testear” al compañero.

Una relación de pareja impone, al igual que muchas experiencias humanas, un desafío a la propia identidad. Es un desafío por cuanto ésta nos obliga no sólo a reorganizar nuestro modo de hacer las cosas, sino porque además produce cambios en el modo de sentir y de sentirnos a nosotros mismos.

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