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Cada uno es grande en su propio lugar

Si un hombre .se retira del mundo para adorar a Dios, no debe pensar que aquellos que viven en él y actúan para el bien del mundo, no está adorando a Dios; tampoco los que viven en el mundo dedicados a sus esposas e hijos, deben pensar que los que han abandonado el mundo son vagabundos despreciables… Cada uno es grande en su propio lugar. Ilustraré este pensamiento con un cuento:

Cierto rey, acostumbraba preguntar a todos los sannyasines que llegaban a su país: “¿Quién es más grande, el que abandona el mundo y se hace sannyasin o el que vive en el mundo y cumple sus deberes como jefe de familia?” Muchos sabios habían tratado de resolver el problema. Unos aseguraban que el sannyasin era el más grande, a lo cual el rey pedía que probaran su afirmación. Cuando no podían hacerla, les ordenaba casarse y hacerse jefes de familia. Otros decían: “El jefe de familia, que cumple sus deberes es más grande”. A estos, también el rey les pedía pruebas. Cuando no podían darlas les pedía, también, que se dejaran de ser jefes de familia. Llegó, por último, un joven sannyasin y el rey le hizo la misma pregunta. “Cada uno, ¡OH rey!, es grande en su propio lugar”, le contestó. “Probadme eso”, dijo el rey. “Os lo probaré”, repuso el sannyasin) “pero primero debéis venir a vivir conmigo y durante algunos días hacer la vida que yo hago para que os lo pueda demostrar”. El rey consintió y siguió al sannyasin fuera de su propio territorio.

Atravesaron muchos países hasta que llegaron a un gran reino. En la capital de éste, tenía lugar una importante ceremonia. El rey y el sannyasin oyeron el sonar de tambores y música, también a los pregoneros; el pueblo estaba reunido en las engalanadas calles y se hacía una gran proclama. El rey y el sannyasin se detuvieron para ver lo que pasaba. El pregonero proclamaba en alta voz que la princesa, hija del rey de aquel país, estaba por elegir esposo entre los que se congregaran ante ella…

Era una antigua costumbre en la India que las princesas eligieran esposo de esta manera, teniendo cada una su idea acerca de la clase de hombre que quería para marido; unas preferían el más hermoso; otras el más erudito; otras, a su vez, el más rico, y así por el estilo… Todos los príncipes de los países vecinos se presentaban ante ella con sus más lujosos atavíos. A veces, también ellos tenían pregoneros que enumeraban ventajas y razones por las cuales esperaban que la princesa los eligiera.
Ésta era conducida en su trono de un lado a otro con gran pompa; los miraba, escuchaba, y si no le satisfacían decía a los que la conducían: “adelante”, sin prestar más atención en los pretendientes rechazados. Si, por el contrario, alguno de ellos le agradaba, le colocaba una guirnalda de flores y le hacía su esposo. La princesa del país al cual nuestro rey y el sannyasin habían llegado celebraba una de esas interesantes ceremonias. Era la princesa más bella del mundo y su esposo sería quien gobernase el reino a la muerte de su padre. La princesa deseaba casarse con el más hermoso, pero no podía hallar uno que le agradara. Varias veces habían tenido lugar aquellas reuniones, pero la princesa aun no había podido elegir su esposo. Esta reunión era la más espléndida de todas, había concurrido a ella más gente que nunca. La princesa llegó en un trono y los portadores la conducían de una parte a otra. Parecía que no se fijaba en ninguno y todos comenzaban ya a sentir frustradas sus esperanzas viendo que aquella reunión resultaría también Un fracaso. En aquel momento llegó un joven, un sannyasin, bello como si el sol hubiera descendido a la tierra, y colocándose en un rincón de la asamblea observaba lo que pasaba.
El trono con la princesa se aproximó a él, y tan pronto como ella le vio, detuvo se y le echó la guirnalda al cuello. El joven sannyasin tomó la guirnalda y tirándola dijo: ¿Qué insensatez es ésta? Yo soy un sannyasin. ¿ Qué es el matrimonio para mí”? El rey pensó que tal vez aquel hombre era pobre y por eso no se atrevía a casarse con la princesa, y le dijo: ” ¡Con mi hija va medio reino ahora, y todo él después de mi muerte!” Y puso otra vez la guirnalda sobre el sannyasin. El joven la tiró de nuevo, diciendo: “Insensato. Yo no quiero casarme”, y se marchó rápidamente de aquel lugar.

Pero la princesa, que había quedado tan enamorada de aquel joven, dijo: “Debo casarme con este hombre o
moriré”, y fue tras él para hacerlo volver. Entonces, nuestro otro sannyasin, el que había llevado al rey allí, le dijo: “Rey, sigamos a esta pareja”; y los siguieron tras, pero a una buena distancia. El joven sannyasin que había rehusado casarse con la princesa, se internó tierra adentro algunas millas; entonces llegó a un bosque y’ penetró en él seguido de la princesa; ambos a su vez eran seguidos por los otros dos. Mas aquel joven sannyasin conocía muy bien ese bosque y todas sus intrincadas sendas; de pronto tomó una y desapareció, sin que la princesa pudiera descubrirle. Después de procurar hallarle, en vano, durante largo tiempo, se sentó bajo un árbol Y’ comenzó a llorar, pues no sabía cómo salir del bosque. Entonces nuestro rey y el sannyasin se le acercaron y le dijeron: “No lloréis; os enseñaremos el camino para salir del bosque, pero está demasiado oscuro para hall arlo ahora. Aquí hay un árbol frondoso; descansemos bajo él y a la mañana partiremos temprano y os mostraremos el camino”. En aquel árbol vivía en un nido un pajarito con su compañera Y tres hijitos. El pajarito miró hacia abajo ‘Y al ver tres personas bajo el árbol dijo a su esposa: “¿Qué haremos, querida? Hay tres huéspedes en casa, es invierno y no tenemos fuego”.
Entonces se echó a. volar y consiguió un pequeño tizón ardiendo, lo llevó en el pico y lo dejó caer ante los huéspedes, quienes agregando leña lograron tener un brillante fuego. Pero el pajarito no quedó satisfecho. De nuevo dijo a Su esposa: “¿Qué haremos, querida? Estas personas tienen hambre y no tenemos nada para darles de comer. Somos amos de casa, nuestro deber es dar alimentos a cualquiera que llegue a’ ella. Yo debo hacer lo que pueda, les daré mi cuerpo”. Dicho esto se lanzó en medio del fuego y pereció. Los huéspedes, lo vieron caer y trataron de salvarlo, pero no les dio tiempo.
58. – La compañera del pajarito vio lo que su esposo había hecho y se dijo: “Aquí hay tres personas y sólo tienen un pájaro para comer”. No es bastante; mi deber como esposa es no dejar que los esfuerzos de mi esposo hayan sido en vano; que tengan mi cuerpo también” y se arrojó al fuego en el cual murió quemada.

Entonces los tres pajarillos, al ver lo que se había hecho y advertir que aun no había bastante alimento para los tres huéspedes, dijeron: “Nuestros padres han hecho lo que han podido y todavía no es suficiente. Nuestro deber es proseguir la obra de nuestros padres; que se vayan nuestros cuerpos también”. Y se lanzaron también al fuego.  Asombrados de lo que habían visto, las tres personas no pudieron, naturalmente, comer aquellos pájaros. Pasaron la noche sin comer y a la mañana el rey y el sannyasin indicaron el camino a la princesa, volviendo ésta a la casa de su padre. Entonces, el sannyasin dijo al rey: “Rey, habéis visto que cada uno es grande en su lugar. Si queréis vivir en el mundo, vivid como aquellos pájaros, pronto en cualquier momento para sacrificarlos por los demás. Si queréis renunciar a él, sed como aquel joven para quien la más hermosa mujer y un reino nada significaron. Si queréis ser jefe de familia, haced que vuestra vida sea un sacrificio por el bienestar de los demás; si elegís la vida de renun-ciación, no miréis siquiera la belleza, ni el dinero ni el poder. Cada uno es grande en su propio lugar, pero el deber del uno no es el deber del otro”.

DEL LIBRO ¨KARMA YOGA¨, DE SWAMI VIVEKANANDA.

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