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Huellas en la arena…

Ya me había pasado otras veces, incluso muchas me había rendido ante la insistente imposibilidad de encontrar el fragmento que buscaba.

Fui acumulando en mi experiencia esos eventos repetidos: buscar un párrafo de un libro leído y no encontrarlo.

No se bien cuando esa experiencia colmó el vaso y se tradujo en una intriga que necesitó respuestas.

Actualmente y desde hace algún tiempo que me está atormentando un concepto presente en un párrafo del lobo estepario, libro que leí completo hace ya unos años. Recuerdo con una claridad horrorosa el mismo, también recuerdo con detalle lo que me generó y que eso representaba para mi una verdad absoluta y el haber dicho “no me tengo que olvidar”, ya que daba respuestas o al menos invitaba a la reflexión sobre ciertas preguntas que me hago cíclica y repetitivamente.

El tema es que lo busqué… no una, ni dos, ni tres… más veces.

Primero hoja por hoja en la edición impresa, a vista gruesa buscando palabras conocidas. Busqué la altura aproximada en la que recordaba el párrafo y nada, luego ya viendo que mi memoria jugaba conmigo empecé a buscar al azar y jamás pude encontrarlo.

Uno se ve obligado a cuestionar su razón en estos momentos, en cada momento: de qué lado estoy… ya crucé la frágil línea de la cordura o de la locura… y a veces uno prefiere omitir las respuestas…

La angustia de respuestas siguió su acción corrosiva hasta que el tiempo y la rutina, con su paño gris que casi todo lo cubre, pudo más y ese monstruo que te mantiene despierto se puso, el mismo, a dormir un sueño melindroso y así, al retornar la suavidad a mi alma olvidé esa búsqueda.

Pasados los meses o los años otra situación de mí vida lo despierta… y este, en lugar de estar aletargado por el sueño prolongado, como uno esperaría, se encuentra más vivaz por el descanso, despiadado como nunca, inquieto como siempre.

Encuentro una edición electrónica.

Fue un alivio ver el pdf del lobo estepario… o al menos eso creí.

Suponía que con el “buscar” se iban a acabar mis problemas.

Entusiasmado porque estaba a punto de resolver ese dilema que llevaba ya bastante tiempo… tipié 20 palabras y todas las que se me ocurrieron que podían estar en el párrafo que buscaba, con sus sinónimos y variantes más diversas, y no lo pude encontrar jamás. Combiné hasta agotar las posibilidades de búsqueda. Pero nada.

Ni un párrafo parecido, ni el más mínimo rastro de lo que fue o significó para mí.

Ya casi poniendo en duda mi equilibrio mental (o mi desequilibrio) empecé a recordar una reflexión de antaño.

Es común, casi de experiencia diaria el decir “ese libro lo leí de chico, tendría que volver a leerlo”. Con esto, estamos aceptamos y estamos afirmando o dando a entender que el contenido no es estático. También es observable que cambie de un año a otro o encontrar diferencias significativas y esenciales entre la interpretación que hacen distintas personas de una misma edad o una misma persona en las distintas edades de sus vida de un mismo libro o texto (de cada cosa en verdad) o personas distintas en distintas edades.

Con cada lectura el significado que atribuimos a lo que leemos cambia, no cambian las letras en el papel, es obvio… aunque si cambia el contenido.

Comprendí pronto que un libro no era un libro sino que era muchos libros. Que un texto no dice lo que el autor quiere decir sino lo que el lector puede entender en ese momento particular de su vida…

Es así, digan que no es cierto, que el principito de la infancia no es el principito de los 16 ni, mucho menos, el principito de los 28…

Definitivamente nuestra interpretación de cualquier fenómeno, en este caso un texto, es influenciado notoria y lógicamente por nuestra experiencia. Es como cambiar el color de la lente de un anteojo… todo cambia, la realidad que vemos cambia, aunque en realidad sea la misma… por momentos, lo estas sintiendo, se torna irritante y un escozor de inciertos y de fragilidad te invade y hace añicos cualquier cómoda certeza.

Para horror y tormento o alivio y paz, comprendí que un libro no es un libro, tampoco es muchos libros… sino que un libro es realidad todos los libros… porque nunca es el mismo, porque el que lee no es el mismo y en el encuentra las respuestas que subconscientemente, o como se lo quiera llamar, busca en ese momento único e irrepetible.

Las frases pasadas por alto ayer se marcan con resaltador en nuestra mente y las que remarcamos dos o tres veces nos carecen de sentido o al menos nos cuesta entender porque le dimos tanta importancia en aquel momento.

Ya no somos lo que éramos… y el libro tampoco lo es….

No es posible leer un mismo libro dos veces… hoy comprendo eso.

Y fue ahí, justo ahí y como siempre, que Borges irrumpió sin permiso en mi vida nuevamente. De pronto, como si su ceguera brumosa, me hubiese dado vista recordé un cuento… El libro de Arena…

Me quedé pasmado por la revelación… y nuevamente lo que creí un problema personal era en verdad uno universal.

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