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No le echen la culpa a la juventud (Dr. Cesar Landaeta)

Son muchas las personas que recientemente se me han acercado a plantearme el problema de la “pérdida de valores de la juventud”. He encerrado entre comillas la frase anterior, debido a que la misma es un cliché sostenido por todas las generaciones anteriores a la nuestra y evidentemente, no hemos progresado mucho en la actual.

Mi respuesta a esta inquietud de los adultos es casi siempre la misma: los jóvenes, al igual que el resto de la especie humana, anda siempre en busca de la satisfacción de sus placeres y ese afán es el principal motivador de las conductas que se asumen cada día.

Tal cosa no sería ningún problema, si en la sociedad hubiera más formas de canalizar los ímpetus juveniles y menos sistemas represivos, críticas moralistas o refuerzos para la inmadurez.

Cuando el adulto es un modelo efectivo de cómo se puede postergar la meta placentera en función de la realidad, el joven aprende cabalmente mejores formas de comportarse. Pero mientras sigamos manteniendo el slogan del “negrito del Batey”, el cual afirmaba en su canción que el trabajo era un castigo de Dios; mientras siga habiendo hombres y mujeres que hace ya un buen rato dejaron atrás la adolescencia, comportándose en las carreteras como pilotos de la Fórmula Uno y en las fiestas, tomándose hasta la última gota que queda en las botellas, para luego relatar pública y jocosamente los disparates que hicieron en medio de la borrachera, estaremos condenados a seguir repitiendo consignas antiguas sobre la juventud y lamentando las consecuencias de una terrible falta de contención en el medio social.

No es moralizando, ni criticando amargamente como vamos a progresar en ese sentido, sino asumiendo que somos los adultos quienes tenemos el deber de enseñar con alegría y persistencia, que hay mejores formas de sentir placer y que en una convivencia sana, en la que se descarte la flojera, la irresponsabilidad, la violencia, la enemistad y la evasión por medio de las drogas, podremos tener una sociedad en la cual no haya que preocuparse por la falta de valores.

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