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Relato de vida: Juan Valladares

“Soy un ganador”

Al año de nacido me dio una fiebre alta y me llevaron, muy débil, al hospital. Al día siguiente, las enfermeras se dieron cuenta de que mi pierna derecha había perdido movilidad… estaba como muerta. Ya no había nada que hacer. Los médicos hablaron con mi mamá y le dieron el diagnóstico: poliomielitis.

Yo vivía en Boconó, un pueblo del estado Trujillo que para la época tenía escasos servicios de salud. La vacuna de esa enfermedad ya existía, pero no había llegado a la zona donde residíamos. Cuando mi mamá se enteró de lo que yo tenía pensó que me iba a quedar postrado en una cama por el resto de mi vida. Desesperada, buscó orientación y se vino a Caracas, conmigo en brazos. Me llevó al Hospital Ortopédico Infantil, donde los especialistas le dijeron: ‘Juan no podrá caminar nunca. Vivirá con las secuelas de la polio’. La enfermedad me dejó con parálisis en los miembros inferiores.

A los 2 años me hicieron una operación de caderas  para mejorar la movilidad. Después de esa intervención me dieron de alta y cada tres meses tenía que visitar el Ortopédico para hacerme chequeos médicos. En una de esas visitas me dejaron hospitalizado todo un año. Durante ese tiempo, en una nueva operación, me alargaron unos centímetros la pierna derecha, porque estaba muy atrofiada. Tenía 7 años. Fueron muchos yesos, aparatos… fueron meses encerrados en el cuarto del hospital. Entre los 2 y 11 años me operaron nueve veces.

Fue realmente traumático. ¿Mi infancia? Con límites. No podía jugar con los amiguitos porque corría el riesgo de que se me infectaran los puntos de las operaciones. Recuerdo en especial un día, estando en la escuela, que pedí permiso para ir al baño, pero como aminaba tan aparatosamente por las muletas, no llegué a tiempo y me hice pipí. La impotencia que sentí fue grande.

En un momento tuve que abandonar la primaria, porque además de las frecuentes operaciones me internaban para guiarme en el proceso de adaptación a las muletas y, en particular, a un aparato de hierro con correas que se extendía desde la parte alta del fémur hasta el tobillo y, aunque con dificultad, me ayudaba a moverme.

Cansado de tantos médicos, a los 12 años dije que no quería ir más al Ortopédico porque no veía resultados… siempre estaba igual. A pesar de tantos esfuerzos, igual al final no iba a poder caminar normalmente y estaba perdiendo mi infancia aislado en el cuarto de un hospital. ‘Así soy, mamá. Así me toca vivir y lo acepto’, le dije.

Cuando tenía 18 años un señor, también discapacitado,que estaba cerca de mi casa me invitó a participar en un club de baloncesto. Muy entusiasmado, asistí a los entrenamientos por seis meses y empecé a moverme en la silla de ruedas para deportistas. La velocidad que desarrollé fue impresionante… fue un maravilloso descubrimiento para mí.

El grupo de baloncesto se disolvió. Pero, como yo ya me manejaba con velocidad y agilidad sobre la silla, empecé a practicar atletismo en un club de Guarenas. En ese momento el deporte representó un refugio para mí, porque era una manera de alejarme de mi entorno: una zona de Petare, donde la droga y la delincuencia eran comunes en los jóvenes. Yo nunca quise ese camino para mí.

Lamentablemente, el 8 de febrero del año 2000 esa violencia de la que rehuía nos tomó por sorpresa en mi casa. Yo estaba descansando de un entrenamiento y llegó una mala noticia: uno de mis tres hermanos, José Luis, de 18 años, quedó atrapado en una balacera y murió. Su partida significó para mí un antes y un después. Me impulsó a trabajar para ser el mejor en el deporte. Pensé: ‘Juan, eres un discapacitado, pero no un incapacitado para crecer y llegar de primero.

Recuerdo que le había prometido a mi hermano que iba a ser un buen atleta. Y así fue. Llegué a pasar hambre y a dormir en el suelo algunos días de entrenamiento, pero con mucha disciplina y sacrificio me entregué en cuerpo y alma al atletismo. ¿Por qué esa especialidad? Porque me gustan la velocidad y la rapidez. A veces me viene a la cabeza el día que siendo niño no pude llegar al baño por falta de velocidad… ese recuerdo me ha impulsado en muchas ocasiones.

Ya tengo nueve años como atleta de la Selección Venezolana de Deportes sobre Silla de Ruedas. He viajado a siete países y he ganado siete medallas en competencias internacionales. Actualmente mi récord en los 100 metros es de 14 segundos con 80 milésimas, y en los 400metros es de 49 segundos con 77 milésimas. Es una de las mejores marcas del mundo.

En Caracas, he llegado en primer lugar en las carreras más importantes de 10 y 12 kilómetros. En la última que participé gané medalla de oro (el recorrido lo hice en 23 minutos). El año pasado cumplí uno de mis sueños: asistí a las Olimpíadas de Beijing. De 124 atletas de diferentes países, quedé de número 21. Ahora me preparo para una competencia en India.

Yo no me arrepiento de nada, ni tampoco le reclamo a Dios nada. Mi vida me ha gustado, especialmente desde que asumí lo que soy y me entregué al deporte. Mucha gente cree que un discapacitado es infeliz: yo no lo soy. Apoyado en mis muletas y rodando en mi silla he hecho lo que he querido. Además, continué con mis estudios: me gradué de bachiller y pronto cursaré informática. Voy por más.

Actualmente tengo cinco años con mi pareja y este año quiero vivir con ella. Yo nunca quise tener hijos por las condiciones en las que estaba, pero después de tanto trabajo, disciplina y logros, deseo ser papá. Quiero darle a mi hijo la infancia que yo no tuve. Especialmente ahora que soy un ganador. Así me siento”.

“Mucha gente cree que un discapacitado es infeliz: yo no lo soy. Apoyado en mis muletas y rodando en mi silla he hecho lo que he querido

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Una respuesta

  1. que bello testimonio digno ejemplo a seguir. Definitivamente eres un triunfador mientras que otros con condiciones se quejan y se dan por vencidos Felicitaciones y gracias por tu ejemplo.

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