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La ira de los dioses

Su armadura y su escudo se movian al son de un pulso, un pulso que latía con furia vengativa. Las ruinas de la ciudad se reflejaban en sus ojos y sus movimientos parecian los de un tigre con correa, fiero, agil, pero atado, trabado, sin poder desplegar su detreza. El terrible brillo de su espada no dejaba su costado, amenazante hacia todo aquel que lo estuviera viendo.

La chapa golpeaba el asfalto en intervalos regulares. El sonido se regaba por los rincones de la ciudad a oscuras. Las finas lineas del reflejo lunar sobre la armadura metálica brillaban en la noche. Su pelo largo, rubio oscuro, caía sobre sus hombros como un velo, ensombreciendo sus ojos azules. Su mirada perturbada se perdía  en las sombras. La tensión del ambiente, hacia parecer que las estrellas vibraban al compás de sus pasos.

El sonido metálico lo siguió hasta la caverna oscura que antes había sido la entrada al subterráneo. La corrupción se filtraba por las paredes en forma de suciedad, pintando en los mosaicos extrañas manchas. Los afiches despegados lo guiaban, en suplicio de las banderas de su ejercito, hacia el campo de batalla. Su voluntad sobrenatural lo movía por las mazmorras que antes habían sido las venas de una sociedad rebozante de vida.

Luego de pasar por la inmunda oscuridad con inmutable (pero perturbada) paciencia, y al ver la luz reflejada de antorchas en las paredes de la estación, se dirige hacia la salida. Se ha soltado el tigre de su correa, y recupera su gracia y su destreza. Con movimientos fugaces, se agazapa contra una pared cubierta de hollín, mientras observa la decadente imagen.

Los ciudadanos, con fanática admiración, se reúnen en torno al paso de bestias metálicas. El estruendo metálico de los tanques se dirigía derecho sin que ninguna tuerca muestre rastros de duda, duda que habría sido justificada, y que por lo tanto, solo quedaba estupidez donde habría de haber decisión. El objetivo: el obelisco, ultimo vestigio de que la ciudad era una ciudad y no un pueblo arrasado por su propia corrupción. La ira y la indignación hacían temblar la carne del guerrero, y la tormenta de su mente ya no podía ser detenida.

Impertinentemente, los pasos del campeón, con voz amenazante, irrumpen el rumor imponente de la batalla futura . Su escudo, su espada y su armadura se imponían ante el blindaje y los cañones de los tanques, distribuidos en 3 columnas y 5 filas. El los esperaba en su lugar, ni un paso atrás, ante el obelisco, defendiéndolo. La muchedumbre se burlaba de el, como los jóvenes, que no entienden el valor del aprendizaje, se burlan de su maestro. “Morirás!” le gritaban entre carcajadas.

Su voz, cargada de virilidad y decisión, sonó, al principio, como un trueno, y luego como un cuerno de batalla: “No defiendo al país, si es que hubo alguna vez un país en este lugar. Acá defiendo a mi patria, la humanidad, para protegerla de su propia auto-flagelación. ¿Cuanto tiempo más vamos a seguir destruyendo una y otra vez nuestros castillos de arena para construirlos de nuevo en un angulo diferente? NO MÁS!

Acá hizo una pausa, y su ultimo rugido vibro en los callejones mas alejados, desde las veredas mas anchas hasta las mas angostas, de toda la ciudad. El bullicio terco de los tanques no era contendiente para el rugido de la sabiduría, la justicia y la valentía. Dio un paso adelante, con la espada en alto, con el escudo al frente y con la mirada fija. ¿Y la humanidad?… La humanidad temblando, ya que sus días de travesuras se habían acabado.

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