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Memorias de un Camino: Capitulo 1

Aún recuerdo, con una nitidez aterradora, mi primer combate real, la batalla que puso fin a la ingenuidad de mi infancia e inició el rápido proceso de conversión hacia la brutal e irracional alimaña asesina en la que llegó a transformarme el tiempo, batalla tras batalla, golpe tras golpe. En aquella ocasión fueron los bárbaros del norte los elegidos para medir las fuerzas de nuestro poderoso ejército. Pero quienes fueran es lo de menos, lo realmente importante era que por fin había llegado el momento de poner a prueba el largo y penoso entrenamiento al que había sido sometido prácticamente desde el mismo día de mi nacimiento.

Con la edad en la que la gran mayoría de las criaturas aún temen a su propia sombra, intentaron convencerme, y lo consiguieron, de que había sido tocado por el sagrado dedo de los dioses, los cuales habían decidido para mí, así como para tantos otros, un glorioso destino como guerrero. Con lo que pasé a engrosar prontamente el privilegiado y envidiado grupo de los infantes destinados al campo de adiestramiento militar del Estado. Por entonces, mis ojos tan sólo habían visto pasar cuatro entrañables primaveras.
Ahora ya sé que, más que del impenetrable designio de los dioses, mi destino fue producto de la meritoria labor de mi padre durante largos años como sumiso miembro del ejército regular a las órdenes de nuestro excelentísimo y todopoderoso rey Melquiser, como casi todos los hombres nacidos bajo el estandarte del Reino. Las misteriosas deidades tenían problemas más importantes y urgentes en los que ocupar su infinito tiempo que el devenir de una pobre criatura nacida en la más humilde y oscura tienda levantada en el más lejano y olvidado páramo de la menor de las regiones que componían nuestro basto Imperio.
Había sido entrenado para soportar los más terribles dolores, para aniquilar sin compasión a todo enemigo que se cruzase en mi camino, me habían adiestrado en el arte de la guerra y en el manejo de las diversas armas con las que contaba nuestro magnífico regimiento, como la espada corta, el machete, la jabalina o la doble maza; también me habían mostrado la manera de alejar el miedo de mi espíritu, de modo que no presentase el menor temor a la hora de lanzarme sin reservas contra el más valeroso de los contendientes. Había sido hábilmente instruido para la defensa y el engrandecimiento de la notable patria que me alimentaba y me daba cobijo, e incluso había sido educado para arrojarme a los brazos de la insondable muerte en nombre de nuestro amado rey en caso de que así fuese dispuesto por los arcanos deseos de los dioses. Tanto mi cuerpo como mi mente se encontraban plenamente preparados para enfrentarse al más temible de los ejércitos enemigos que se terciasen.
Al menos en teoría.
La práctica fue bien diferente a cuanto podíamos haber imaginado todos los que, al igual que yo, nos disponíamos a acometer nuestra entrada por la puerta de servicio en la áspera realidad de la vida.
También nos habían hablado extensamente del honor del guerrero; los soldados más valientes y veteranos, nuestros héroes por aquel entonces, nos hablaban con admiración y devoción sobre el recóndito arte de la guerra, sobre el sagrado privilegio de afrontar el paso al Más Allá luchando por nuestro venerado y divino rey; nos repetían hasta la saciedad que no existía mayor honra para un hombre que su nombre fuese recordado hasta el infinito gracias a su valor en el campo de batalla y que los poetas compusiesen odas y cantos sobre sus victorias que embelesasen el fino oído de las damas que frecuentaban los templos y palacios reales. Nos habían hecho creer que éramos invencibles guerreros luchando por la más justa y digna de todas las causas, en vez de pobres y desdichados soldados arriesgando sus míseras vidas por intereses insospechados para cualquiera de nosotros.
Con esa sarta de sandeces en la cabeza, corríamos todos al encuentro del enemigo con la única consigna de matar o de morir, para toparnos en cuestión de segundos con la más cruel y veraz de todas las realidades inimaginables. Los más jóvenes contábamos con diez años a nuestras espaldas y la ilusión, aún virgen, de quienes creen pertenecer a algo realmente grande e importante.
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