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Memorias de un Camino: Capitulo 4

No puedo dejar de narrar en estas memorias, con rigurosa pulcritud, aquel nefasto día para el pueblo que me vio nacer, pero afortunado para mí; el día en el que dejé de ser un disciplinado soldado vulgar, integrado en el más temido de los ejércitos conocidos, para convertirme en el solitario guerrero perseguido y sin otra causa más que la de su propia vida, que llevo siendo hasta el día de hoy, cincuenta y dos años después.
El invierno estaba resultando más despiadado de lo habitual en la región. La muerte precedida por agitadas fiebres y convulsos dolores corría imparable e impunemente bajo nuestros pies, impulsada por las rancias aguas corruptas que anegaban las tierras sobre las que acampábamos, donde las gélidas lluvias no habían dado tregua en toda una interminable estación. En tan calamitosa situación, la mitad de los que aún sobrevivíamos se encontraban enfermos o moribundos, y el resto estábamos hambrientos, asustados y muy desesperados.
Con veintiséis años a mis espaldas, habiendo participado en cientos de cruzadas y con incontables enemigos atravesados por la afilada hoja de mi espada, me podía considerar como uno de los más maduros y curtidos de los militares que componían nuestra numerosa tropa de a pie, algo que, junto con la incomprensible fortuna, me ayudó a mantenerme lo más entero e incólume posible frente a aquel inesperado enemigo climático que se había llegado a convertir en el peor y más mortífero de los rivales contra los que nuestros soberanos tuvieron que lidiar jamás.
Esta determinante circunstancia de debilidad no supuso más que el preludio del ocaso del temido Imperio al que pertenecía por entonces, a pesar de que en ningún momento pudimos sospechar que éste tuviese fecha de caducidad. Al menos los más humildes ciudadanos, que vivíamos ajenos y en la más completa de las ignorancias en lo que respecta a los altos asuntos políticos que se fraguaban a nuestras espaldas, en el interior de las alejadas estancias del impenetrable palacio que servía de residencia a la notable realeza que imponía nuestros designios venideros con total frialdad y despotismo.
De manera que, aquel venerado monarca autoproclamado dios y dueño de nuestras vidas, tuvo a bien, quiero pensar que ajeno a la lamentable situación de su otrora poderoso ejército, enviar las tocadas tropas al encuentro de uno de los más tenaces enemigos con los que nunca antes tuvimos que combatir. El inquebrantable pueblo de los hombres del oriente había aprovechado con paciente inteligencia nuestro período de pujanza y desidia para fortalecer y engrandecer enormemente el regimiento motivado, que en mejores tiempos fue vencido por nuestras entonces superiores huestes, de modo que, conocedores de la actual situación de miseria de sus eternos rivales, decidieron que aquel era el momento propicio para lanzar la tan esperada ofensiva contra nuestra gente.
El encarnizado y desigual encuentro tuvo lugar en las llanuras del este, a tan sólo media jornada de distancia de las murallas de la ciudad, con lo que todos sabíamos que el peligro era latente para los que allí habían quedado. Si conseguían doblegarnos, nuestras mujeres e hijos, junto con el resto de conciudadanos civiles, quedarían a merced de lo poco que pudieran hacer las exiguas defensas militares que guardaban los muros. El enemigo no tendría piedad con ellos, al igual que nosotros nunca la tuvimos con su raza.
Nuestra entrenada fiereza y la eterna e insaciable sed de sangre enemiga que siempre nos había caracterizado, hicieron esperar más de lo previsto el inevitable desenlace de aquella contienda. Vendimos bien caro nuestro pellejo, luchamos como leones intentando conquistar un pedazo de carne fresca, nos lanzamos hacia el enemigo como siempre lo habíamos hecho, en bloque, como si de un solo animal hambriento y herido se tratase, dejando atrás, enterrado bajo las tiendas del campamento, todo el dolor, el frío, el hambre y la desesperanza, olvidando nuestra inferioridad numérica y la mermada fortaleza, aquella que en otros tiempos hizo temblar a poderosos ejércitos lejanos.
El choque entre las dos fuerzas fue brutal y ensordecedor, ninguna de nuestras espadas quedó limpia de sangre oriental, cada uno de los nuestros acabó luchando con varios adversarios al mismo tiempo, batiendo con una ferocidad extrema el acero enrojecido sobre todo lo que se movía ante nuestros ojos. Muchas cabezas enemigas rodaron por el suelo encharcado de rojo oscuro antes de que hicieran retroceder un ápice de terreno a los escasos supervivientes que íbamos quedando en pie. Ciegos por la ira, la rabia, más que la fuerza, nos mantenía vivos y erguidos ante la superioridad enemiga que, poco a poco, irremediablemente, fue haciéndose patente, terminando de una vez y para siempre con la más cruel y temida de las legiones que jamás se conociese en esta tierra.
Pero justo un momento antes de que esto ocurriese, de nuevo la diosa Fortuna posó su misteriosa mirada sobre la tez de este humilde soldado que combatía con honor en busca de la esperada muerte que le llevase a ocupar un lugar privilegiado en las alturas, al lado de los más afamados guerreros que en tiempos anteriores habían dado su gloriosa vida por el Imperio. Y así fue como en los estertores de la batalla, cuando la derrota era ya un hecho y casi todos los nuestros yacían inertes por el sucio barro, una idea iluminadora estalló como el rugido de las fieras malheridas en el interior de mi cabeza, y un sentimiento de supervivencia se interpuso con contundencia sobre cualquier otro de gloria y perpetua inmortalidad en los Cielos, junto a los dioses protectores.
Tras acabar con los enemigos de ojos rasgados que me acosaban en ese preciso instante, y aprovechando mi cercanía a la linde del combate y a que la noche empezaba a tragarse las sombras, corrí en un momento de descuido, y me lancé con decisión al interior de la profunda maleza que se abría a pocos metros de mi posición y que me acogió calurosamente, como una madre protectora, entre sus múltiples y enraizados brazos alzados hacia el cielo ennegrecido. Debo decir, para mi defensa, aunque presumo que sea innecesario, que aquello no fue un acto de cobardía, ya que recuerdo con claridad que no fue el miedo en mi espíritu ni el dolor en mis huesos los que me empujaron a abandonar, de una forma que en otras circunstancias hubiese resultado humillante, el ardor de la batalla y la custodia del Reino que me había dado la vida y el sustento. Los dioses, en su infinita gloria, son testigos del valor incansable que este fiel soldado acostumbraba a derrochar en las incontables lidias en las que se había visto envuelto para la defensa y el engrandecimiento de sus soberanos. Tal comportamiento fue producto, como ya he dicho, de un innato y simple instinto de conservación de la vida y una clara conciencia de que es sólo en este mundo donde se pueden realizar grandes hazañas y es únicamente en posesión del aliento cuando podemos rendir sincero homenaje y sentido sacrificio a las divinidades que nos insuflaron la vida en el florecer de los tiempos.
O quizá fue simplemente el tiempo el que sembró estas palabras de consuelo en mi atormentada mente de soldado vencido, dado que ésta era una condición totalmente desconocida para mí en aquellos momentos. Nunca antes, ni en los más escabrosos combates, se me había dado el caso de ver con tanta transparencia el final de mi vida, independientemente del valor o el coraje que yo pudiera demostrar; tan sólo en ese instante pude vislumbrar con claridad que mi destreza en el manejo del acero nada podía hacer para librarme de aquella situación extrema con el resuello intacto, de ahí que mi comportamiento también resultase totalmente novedoso para mí. Con el correr de los años he podido comprobar el escaso conocimiento que poseemos de nosotros mismos ante escenarios desconocidos hasta el momento.
Lo cierto es que el inminente peligro al encontrarme rodeado de innumerables adversarios dispuestos a acabar con mi vida y la certeza de que nada podía hacer ya por el cumplimiento de mi deber salvador o defensor de mi tierra, hicieron que actuase de la manera ya comentada, algo de lo que nunca me arrepentiré, a pesar de los inconfesables temores que albergaron en mi espíritu durante muchos días después, en los que mi pensamiento se sintió incapaz de verse libre de los múltiples y horrendos castigos que los dioses me tendrían reservados desde sus recónditas moradas en las alturas, ya que las divinidades nunca olvidaban ni perdonaban la cobardía y la rendición de uno de sus fieles súbditos.
Pero esto es algo que sólo compete a las cuestiones del alma, y ésta ya se sabe que muda con rapidez de forma inconsciente cuando las experiencias se suceden sin remedio y con premura, al igual que la serpiente que cambia el pellejo cuando su condición así se lo exige.
De modo que prosigamos el relato en el exacto punto donde quedó descrito más arriba, justo cuando mi cuerpo de superviviente, agotado y dolorido, yacía en la mojada hierba que le servía de parapeto, y mi atormentada mente era desbordada por incontables dudas y temores inexplorados. Desde esa humillante, aunque salvadora posición, y gracias a la tenue luz anaranjada que aún brotaba con timidez desde el lejano horizonte procedente del dios Sol, que tan sólo hacía unos instantes que se había retirado a su morada en el otro extremo del mundo, pude comprobar con horror, como el exiguo resto de mi ejército, en otros tiempos invencible, era exterminado sin compasión alguna, de forma cruel e implacable, por un enemigo hambriento de venganza y con la codicia aún virgen, tal como era de esperar de un pueblo que había sido durante largos años dominado y permanecido en el cautiverio más estricto y degradante, agobiado hasta la saciedad de impuestos, tanto humanos como en especias.
También los dioses me instigaron, como parte de mi ya iniciado castigo, a ver al ejército invasor dirigirse sin dilación y con el ánimo encendido por la bravura que alimenta la victoria, hacia las indefensas murallas que hasta ese momento me habían servido de hogar. En poco tiempo, ya con la cúpula celestial sembrada de estrellas, se alzaron en la dirección mencionada amenazadoras columnas de humo iluminadas por deslumbrantes llamas que presagiaban el peor de todos los destinos, aunque esperado, que podían acontecer en el interior de los referidos muros donde se refugiaban mis confiados conciudadanos.
Nunca llegaré a saber con certeza si los gritos asfixiados que aún resuenan en mi mente durante las noches lúgubres, fueron transportados por lo vientos que soplaban en aquella trágica jornada o, por el contrario, fueron implantados por los vengativos dioses, continuando con mi merecido tributo, en esa cavidad de la memoria que siempre permanece fresca, acompañándonos hasta el final de nuestros días, recordándonos despiadadamente todo lo que fuimos, lo que somos y lo que ya nunca podremos ser.
Y fue en ese preciso instante de turbación y de miedo, arrojado con violencia de la que había sido mi vida hasta entonces, calado hasta los entrañas por la humedad de la tierra y con la frialdad en el cuerpo que la noche concede al sudor, cuando, inesperadamente, aprendí por mí mismo una lección inolvidable: también un guerrero puede llorar.
NOTA:  Esta historia no es personal de nuestro autor es solo el recuento de un Caminante de este blog el cual se ha tomado como muestra de evolución y superación…
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