Memorias de un Camino: Capitulo 5

Aletargado, en ese estado de semiinconsciencia, permanecí durante interminables horas, hasta que el frío me caló en los huesos obligándome a reaccionar. Lentamente, y cobijado aún por las horas desprovistas de sombra que la noche nos otorga, fui arrastrándome como una culebra asustada hacia parajes más cerrados y cubiertos de profunda vegetación. Me incorporé con toda la precaución que un cuerpo tembloroso y dolorido puede proporcionar, avistando los cuatro puntos cardinales en busca de movimientos sospechosos y con el corazón palpitante por la incertidumbre de los acontecimientos que estaban por venir.

El ser humano es un animal curioso; nos quejamos continuamente por las prohibiciones y el hostigamiento a que nos someten sin piedad nuestros líderes, compartimos con gran pesar nuestros escasos bienes con los dioses que nos protegen, proclamamos nuestras ansias de libertad a los cuatro vientos, pero cuando ésta nos abre sus puertas, nos sentimos solos y abandonados, perdidos en una inmensidad incomprensible, desamparados y con la mente desbordada de temores y sospechas inexplicables. Hasta hacía muy poco tiempo, yo era un soldado fuerte y valeroso, temido por todos, ni aun rodeado por los más bravos contendientes me temblaban las piernas ni se me afligía el ánimo, me sentía poderoso y dueño de mis actos y de mi conciencia… Y sin embargo, en ese momento de orfandad, sin ningún bruñido hierro amenazando mi cuello y libre del látigo que en tantas ocasiones me había horadado la espalda, me sentía la persona más desdichada y necesitada que poblaba esta tierra inmisericorde. En aquel momento comprendí otra gran verdad: en el fondo, todos los seres necesitamos un orden establecido, algo o alguien que guíe nuestros pasos por caminos ya empedrados, aunque no sea el mejor ni el más seguro de los caminos.

No sólo me conmovía por la pérdida de mi hogar y de mis compañeros y conciudadanos, también, y para mí era lo peor de todo en aquellos momentos, me sentía olvidado por las divinidades que otrora velaran por mi seguridad. ¿Cómo en semejante situación de precariedad podía ofrecerles los sacrificios y ofrendas que requerían de mí para que continuasen protegiéndome? Mi desgracia había alcanzado límites extremos, no se podía caer más bajo, a una muerte lenta y agónica le seguiría un eterno vagar por el cavernoso Abismo, donde los más crueles demonios de las profundidades atormentarían mi alma hasta el final de todos los tiempos, ya que nadie sepultaría mi ajado cuerpo rodeado de enseres y alimentos para el viaje infinito, como mandaban las leyes, y mi carne terminaría sirviendo para engordar a sucias alimañas carroñeras.

Con la cabeza confundida por semejantes reflexiones, corrí cuanto pude ciego de espanto y de dolor, alejándome más y más de todo lo conocido y adentrándome con torpe impaciencia en la oscuridad de lo inexplorado. Corrí sin parar hasta que la luz ambarina del astro soberano empezó a filtrarse con timidez por los cañaverales que me amparaban. La temporada de lluvias parecía haber remitido para siempre; era evidente que los dioses daban paso a una nueva edad, donde los registros de la que fue mi nación habían quedado archivados para las memorias venideras. Estaba por comprobar si también mi huella sería un apunte del pasado o aún se me permitiría perforar nuevos trazos en el barro en el que se inscribiese esta nueva época que ahora empezaba a asomar.

La luz del día suponía una nueva amenaza para mi seguridad y para la libertad recién adquirida. Sabía que me encontraba lejos de la ruta hacia el este que seguirían de vuelta a casa los hombres de ojos rasgados que habían aniquilado a mi pueblo. También conocía la imposibilidad de volver a mi antigua ciudad; allí el botín era numeroso, así que buena parte de los vencedores se quedarían por un tiempo incalculable, hasta dejar reducido a polvo y cenizas todo el país que en días pasados les humilló y esclavizó sin ninguna piedad.

Mi temor a ser apresado era aún mayor que el de la muerte desprovista de gloria; los bárbaros que nos habían doblegado tenían fama de ser extremadamente crueles con sus esclavos y rehenes. Sentía lástima por la suerte de las mujeres y niños que con toda seguridad quedasen para satisfacer los placeres de esta gente. Aunque, pensándolo bien, tampoco nuestras leyes eran muy benevolentes con los extranjeros que caían en nuestras manos, bien lo supieron todas aquellas jóvenes aún doncellas que tuvieron la desdicha de ser elegidas para calmar la ira de nuestros más feroces y hambrientos dioses. La voluntad de las deidades es caprichosa y efímera; con toda certeza, aquellos que antes eran favorecidos, serían ahora los que aplacarían su sed de sangre.

Este temor hizo aumentar mi cautela. En todos los años anteriores, entre sangrientas batallas y crueles exterminios, nunca llegué a sospechar que terminaría mis días corriendo como una comadreja, sola y asustada; había llegado el momento de poner en práctica lo que tiempo atrás me habían obligado a aprender. Durante mi niñez, como parte del arduo entrenamiento al que me vi sometido, ya me forzaron a permanecer largas jornadas internado en el bosque profundo, a solas y provisto únicamente de una pequeña daga. Si pude sobrevivir entonces, también ahora lo haría; claro que por aquel tiempo sólo pendía sobre mi cabeza el peligro de mi propia hambre y la de los depredadores ansiosos por mi tierna carne; ahora se sumaba además el hecho de pertenecer a un pueblo extinto, o dicho de otra manera, la terrible seguridad de no tener un hogar al que volver. Mientras me movía arrastrándome por la espesura del cañaveral con toda la prudencia que mis sentidos me otorgaban, no podía dejar de pensar que todo aquél con el que me tropezase sería un posible enemigo; ¿hasta cuándo podría sobrevivir solo, en un mundo hostil?

NOTA:  Esta historia no es personal de nuestro autor es solo el recuento de un Caminante de este blog el cual se ha tomado como muestra de evolución y superación…

 

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