Memorias de un Camino: Capitulo 7

De esta manera fueron pasando los días sin que nada destacable alterase nuestra rutinaria labor, dedicada exclusivamente a la supervivencia. En ningún momento relajábamos la vigilancia; desconocíamos por completo los designios que moverían a nuestros enemigos, y éramos conscientes de que podrían en algún momento cruzar sus caminos con los nuestros, a pesar de que la ruta que habíamos tomado era contraria a la que conducía a su nación. Pero bien sabíamos que cuando un pueblo se hace fuerte, rara vez se conforma con una victoria, dado el afán de conquista y expansión que los dioses nos insuflaron en nuestras almas cuando nos crearon. De ahí que siempre tuviésemos en cuenta la posibilidad de que algún destacamento enemigo anduviese tras nuestros pasos.

Para mayor seguridad, intentábamos en todo momento movernos bajo la protección de los cañizos y la abundante vegetación que se levantaba en los márgenes del río. A su vez, éste nos proporcionaba alimento, agua, higiene y la certeza de no errar nuestro rumbo hacia las tierras bajas del sur, donde pensamos podríamos estar a salvo de los pueblos bárbaros a los cuales, en otros tiempos, habíamos hecho morder el polvo bajo el yugo de nuestro incontenible ejército.

Aunque en verdad, estos asuntos concernientes a nuestra seguridad, parecían preocuparme sólo a mí; el joven caudillo al que me unía ahora la amistad, aún se mantenía demasiado ocupado en arrancarse de la piel el apestoso olor de las incontables ciénagas que cruzábamos, o en protegerse, sin mucho éxito, de las temibles picaduras de los insectos que habitaban en aquellas charcas. Por más que yo trataba de convencerle de que el lodo, a pesar del olor, era el mejor remedio contra tales eventualidades, él no hacía caso, resistiéndose una y otra vez a dejar su piel cubierta del barro maloliente. Aún era pronto para hacer desaparecer de su inconsciencia los hábitos adquiridos durante largos años en la casa real, viviendo rodeado de altos muros protectores y con todo tipo de aceites aromáticos a su alcance que le habían permitido vivir alejado de los hedores que emanaba el mundo real. Su anterior vida de lujos y placeres desmedidos aún pesaba demasiado sobre su aturdida mente y, por qué no decirlo, también sobre la mía, ya que me veía obligado a aguantar durante gran parte del día y de la noche sus constantes quejas: le molestaba el tórrido calor proveniente del sol en su cenit, la nocturna brisa refrescante, el persistente roce de la espinosa vegetación sobre sus miembros entumecidos e incluso el tenaz ulular del viento largo a través de las cañas que anunciaba el cambio de estación. Su falta de costumbre en largas caminatas a pie, también me obligaba a detenerme con frecuencia, algo que tampoco me preocupaba mucho, ya que desconocía si nuestro incierto destino sería mejor que el que dejábamos atrás o, por el contrario, encontraríamos en nuestro camino un final más amargo del que huíamos.

Pero como digo, esta incertidumbre no parecía hacer mucha mella en el ánimo de mi acompañante, el cual había dejado toda la responsabilidad de las decisiones importantes del viaje sobre mí. Se ve que tampoco estaba muy habituado a tener que decidir sobre cuestiones relevantes, y pronto comprendió que le sería de mayor provecho el dejarse llevar por mis disposiciones, dada mi más extensa experiencia sobre territorios inhóspitos y salvajes desconocidos para él.

No me atrevería a augurar si fue la falta de experiencia o el infortunio, lo que deparó el angustioso final que las deidades tenían escrito para el que nunca llegó a reinar. Lo cierto es que una mala mañana abrió los ojos tras un amargo sueño lleno de delirios, con la piel ardiente y sudorosa. El temblor hipnótico que le recorría todo su ser, me hizo comprender con prontitud el mal que le aquejaba, y sobre el cual poco se podía hacer; eran muchos los que yo había visto arder con anterioridad en la pira funeraria después de largas jornadas de lucha contra aquellas convulsiones intermitentes, capaces de tumbar y dar fin al más fornido y osado de los guerreros.

Ante mi impotencia, opté por procurarle los mejores cuidados que podía ofrecerle en semejante situación. Su débil constitución, tan sólo fue capaz de aguantar aquel ardor incontenible durante tres noches. Mientras tanto, en sus alucinaciones de enfermo, parecía adivinar el inminente final que le aguardaba, y una y otra vez, cuando su conciencia se lo permitía, me agarraba con la poca fuerza que le quedaba del brazo, obligándome a prometerle, por los siete mayores dioses, que no abandonase al olvido, entre aquellas impuras aguas, su memoria de glorioso príncipe de un fausto imperio, el cual una vez fue grande entre los grandes.

No tengo muy claro si los fugaces trazos aquí expuestos sobre su persona, serían de su agrado o si tal vez él hubiese preferido que yo me hubiese dejado vencer por la imprudencia faltando a la verdad, relatando memorables conquistas en su nombre, para la veneración y gloria de éste en épocas venideras. Me consta que esto es algo que ya se ha hecho con anterioridad, y no en pocas ocasiones. Espero que me pueda perdonar mi imberbe príncipe, desde allá donde se encuentre, pero me propuse, al iniciar este relato, dejar constancia sólo de aquello que mi memoria diera por cierto, lo cual comprendo que no se ajustará a la realidad, pero no es menos cierto que ésta es la única realidad que yo poseo. Si hay algo que me ha hecho comprender la edad, es precisamente que no hay más verdad en este mundo que la que cada cual alberga en su memoria, y, sea sueño o sea experiencia vivida, lo que aquí cuento es todo lo que fui y lo que ahora me queda. No creo que nadie se espante de tanta sinceridad, porque es bien sabido que poco diferencia a lo pasado de lo soñado, así como a lo esperado de lo imaginado, ya que todo ello, una misma huella deja en nuestro destino.

Como iba diciendo, espero que, desde las alturas, sea aquel muchacho condescendiente con su fiel servidor, que lo fue hasta la muerte, ya que, tras su fallecimiento, ni tan siquiera una digna sepultura, conforme su alta estirpe requería, pude ofrecerle, tal era la situación tan precaria en la que me encontraba. Eso sí, juro por la diosa que me concedió la vida, que oré por sus huesos y rogué a las más altas divinidades que acogieran con clemencia a su leal súbdito, y que, por favor, supiesen perdonarle el estado tan calamitoso y exiguo en el que acudía a ellos desde su existencia terrenal. Poco después, adivino que sería despedazado y consumido hasta la extinción por las más diversas y extrañas criaturas que merodeaban por aquellas aguas pantanosas. Reconozco que lo abandoné lleno de remordimientos e ideas confusas, aunque ahora comprendo que fue un final acorde a una existencia banal.

De nuevo la soledad albergó en mi espíritu.

El tiempo es un fiel servidor al que tengo que agradecer que haya estado de mi parte en mi azarosa vida. Pudiera parecer que la soledad fuese de los más terribles castigos impuestos por los dioses, pero cuando se ha convivido con ella durante largos años y se ha aprendido a extraer de sus entrañas su oscuro valor, éste se convierte en un útil aliado al que se puede recurrir en los más pesarosos momentos. Tengo que reconocer que, en estas cuestiones, juego con ventaja, porque incluso en mis días pasados, cuando vivía rodeado de aguerridos combatientes y compartía mi lecho y mi mesa con toda suerte de semejantes, también entonces mi alma vagaba en soledad por terrenos insondables de ensoñaciones, tratando de desentrañar arcanos misterios incuestionables para el común de los humanos. Es por ello que agradezco al tiempo el que puliese mi espíritu tan denodadamente, como el paciente guerrero bruñe su espada en espera del más feroz de los combates. Fue así como mis incontables días en el más completo aislamiento no se me antojaron una cruel condena a la que sobrevivir.

NOTA:  Esta historia no es personal de nuestro autor es solo el recuento de un Caminante de este blog el cual se ha tomado como muestra de evolución y superación…

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