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Memorias de un Camino: Capitulo 8

La desaparición de mi estimado compañero de infortunios, me permitió continuar mi camino con mayor celeridad y prestancia. En pocas jornadas pude alcanzar un pequeño poblado de campesinos y granjeros que se alzaba a escasa distancia del gran río. El largo trecho recorrido desde el día de la derrota y el apacible estado de la población que ante mí se abría, me hizo albergar cierta seguridad en mi ánimo, así que me aventuré a abandonar el amparo de los cañaverales y me dirigí con presteza hacia aquel lugar. Aquellos pobladores eran los primeros seres humanos, a excepción del fallecido príncipe, que veía en mi nueva vida de expatriado.

Mi desaliñado aspecto de prófugo, me convirtió en víctima de extrañas miradas desconfiadas y recelosas. En principio, también yo temí por mi suerte; es habitual en el alma humana temer aquello que se desconoce, y esta regla universal no dejó de cumplirse tanto en ellos como en mí. Pero no es menos cierto que nuestra desconfiada condición muda con rapidez ante determinadas señales, también universales, y que en este lugar que nos ocupa tampoco dejaron de observarse. Tales señales fueron en mi caso la evidencia de encontrarme entre gente pacífica y trabajadora de la tierra, sin más ánimo que el de alimentar a su familia y el de obedecer los designios de los dioses frente a las adversidades.

En lo que a ellos respecta, supongo que comprendieron pronto que un solo hombre, con aspecto cansado y hambriento, poco podía hacer peligrar sus tediosas vidas; aunque quiero pensar que también contribuyó a este fin mi semblante sereno y jovial, ya que, si algo importante aprendí durante mis años de convivencia, fue que una tez sonriente mostrando un buen entusiasmo, a veces logra abrir más puertas enconadas que la más acerada de las espadas. De esta manera, aquellas personas no tardaban en proseguir con sus atareadas labores de labranza y pastoreo tras mi paso.

Tampoco me fue costoso el hallar gente dispuesta a ofrecerme un buen trozo de pan de centeno y una refrescante jarra de vino. Después de mi dieta casi exclusiva de pescado y pequeños roedores, aquellos alimentos me supieron como manjares de dioses, con lo que debo decir que aquel día fue uno de las más felices de mi vida, porque ni tan siquiera en mi antiguo hogar había gozado jamás de tanta hospitalidad desinteresada. El devenir de mi existencia me ha hecho comprender otra de las grandes verdades de este mundo, y es que siempre serán los más humildes y trabajadores los que mayor afecto muestren hacia sus semejantes, y se me antoja que este estado de servilismo no necesariamente tiene por qué deberse al temor del poder divino, sino que más bien es condición del talante tranquilo y libre de asuntos belicosos que alberga en el espíritu de los que sólo buscan el sustento merecido de los suyos, sin codiciar otros bienes ni intereses que no les corresponda por justicia o posición.

Durante estos días de paz, también aprendí otra importante lección, y es que el gran imperio al que yo creía haber pertenecido en un pasado, y que iba camino de perderse en la memoria, no era más que una ilusión de mi estrecha mente de efebo. La plena contemplación a las rutinarias labores de aquella gente a la que me entregué en este breve tiempo, me hizo comprender la precariedad de un estado volcado casi exclusivamente en las ocupaciones de la guerra, como tal era aquel que me había visto nacer. No supuso una ardua tarea el llegar a comprender que es la correcta manufactura de la tierra y de los enseres cotidianos, lo que posibilita que un pueblo tenga una coexistencia estable y armoniosa, y que es en estos menesteres donde un gobernante inteligente debería poner verdadero empeño para hacer de su país una tierra próspera e imperecedera, si es que tal cosa pudiera existir.

Para mayor humillación de mi persona, en mis conversaciones con esta gente sencilla, pude comprobar como apenas tenían conocimiento de ningún estado vecino grande y poderoso, con temibles guerreros fuertes y valerosos como leones prestos a invadirles en cualquier momento; si acaso, algunos habían oído hablar vagamente de un pueblo de bárbaros que se afincaban al norte y que tenían fama de rudos y sanguinarios, pero con escasa pericia en las artes de labranza y una nula comprensión de las letras. Y así fue como, con el transcurrir ocioso de los días, fui dándome cuenta de que la gloriosa nación, hogar de mis antepasados y de la que tanto me enorgullecí defendiendo y construyendo, no era sino un insignificante trozo de tierra habitado por un puñado de hombres ignorantes al servicio de unos líderes no menos lerdos, con una ambición desmedida e implacable, la cual tenía los días contados desde el mismo comienzo de su aparición en este mundo. Aunque también sería de justicia decir que mis pobres antepasados no hicieron más que recoger la herencia dejada por las antiguas tribus que habitaron aquellos páramos desde el albor de los tiempos, y que nuestra condición bélica no fue más que una tradición impuesta por el acaecer de las circunstancias, que a la postre, junto con los caprichos divinos, son los que forjan el destino de cualquier nación.

Pero la vida ociosa no está concebida para el hombre. Los lugareños son gente amable, pero no tontos, y no tardaron en mostrar excesiva curiosidad por mi procedencia y anteriores ocupaciones; supongo que a ello contribuyó la espada que llevaba sujeta al cinto y de la que nunca me separaba. Este tipo de armas no era nada frecuente por estos lugares. Entonces se me presentaron dos opciones: integrarme a ellos por completo buscándome un trabajo honrado en el que ocupar mi tiempo y que me proporcionase sustento, o continuar mi camino sin dar más explicaciones.

La duda sobre mi proceder apenas albergó unos segundos en mi despejada mente. Todo lo que había hecho en mi vida era combatir y sobrevivir, y por tentadora que fuese esta otra existencia dedicada a la producción de bienes, no me reconfortaba lo más mínimo el verme labrando la áspera tierra o pastoreando bestias por los montes hasta el fin de mis días. Mi condición bélica me pedía algo más de acción de la que me podían ofrecer aquellas ocupaciones rutinarias. Por suerte o por desgracia para mí, el espíritu guerrero impregnaba todos y cada uno de mis huesos, así que la decisión de proseguir la ruta en busca de nuevas aventuras no me supuso un gran esfuerzo. Por aquel tiempo, aún no había aprendido el valor tan grato que proporciona a nuestras vidas las cosas más sencillas, así como la serenidad y paz interior que se obtiene con la rutina diaria del trabajo bien hecho y necesario. Aunque a veces pienso que, cuando nuestro cuerpo es fuerte y vigoroso y el ánimo inquieto propio de la juventud, quizás también resulte necesario un poco de aventura y el riesgo que nos ofrece la incertidumbre de nuestro destino aún por llegar.

NOTA:  Esta historia no es personal de nuestro autor es solo el recuento de un Caminante de este blog el cual se ha tomado como muestra de evolución y superación…

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