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Memorias de un Camino: Capitulo 9

Desde entonces todo resultó mucho más sencillo. A partir de aquella pequeña aldea, se abrían caminos pedregosos y polvorientos, hechos por la mano del hombre, que comunicaban unos lugares con otros; sólo tenía que seguirlos. Ante mí se anunció todo un mundo diferente y maravilloso.

Decidí guiarme por el imprevisible instinto, como siempre había hecho, y dirigí mis pasos hacia el Este, siguiendo la ruta por donde llegaban y hacia donde se dirigían las pequeñas caravanas de mercaderes que frecuentaban aquellos parajes.

Precisamente a una de ellas me uní, ofreciendo mis anchas espaldas a un humilde comerciante que portaba más carga de la que sus vetustas mulas podían llevar. El camino era placentero y entretenido, al menos para mí, que todo lo contemplaba con ojos fascinados. Me parecía increíble; el que otrora fuera un poderoso guerrero temido y odiado por todos sus rivales, convertido en un insignificante muchacho ignorante y torpe en todas las cuestiones que realmente importaban en este otro mundo para sobrevivir.

Todo aquello me resultaba nuevo y desconocido, así que no dejaba de sorprenderme hasta de las más intrascendentes incidencias que se presentaban durante nuestra marcha. La novedad siempre coloca a nuestro espíritu en ese estado de zozobra y agitación más propio de un crío durante sus juegos. Y realmente así era, ya que advertí que al resto de mis acompañantes tan sólo les divertía mi infantil comportamiento ante las diversas circunstancias que para ellos sólo suponían mera rutina, como el hecho de que alguna de las bestias de carga se cansase de ejercer su penoso trabajo y decidiese tumbarse al sol, o las precauciones que algunos mercaderes tomaban para evitar el ataque de las fieras durante la oscuridad de la noche. Debo decir, sin temor a errar, que durante aquel tiempo de peregrinaje no dejé un solo día sin aprender infinidad de cosas desconocidas por mí hasta entonces, a cada cual más interesante y útil para esta nueva vida que me esperaba.

Para mí resultaba algo completamente novedoso el intercambio de enseres, bienes y alimentos entre personas con el sano objetivo de la satisfacción mutua. En mi extinta tierra, todo lo necesario nos era suministrado por nuestros mandatarios, y cuando alguien necesitaba o se le antojaba algo extraordinario, simplemente lo tomaba por la fuerza, siempre que el poseedor fuese más débil, claro está. O más sorprendente me pareció incluso cuando ese intercambio se producía por lo que llamaban dinero, algo de lo que yo nunca antes había oído hablar y que no era otra cosa más que pequeñas piezas cilíndricas de metales preciosos, como el oro o la plata, a las que llamaban monedas. El uso correcto del dinero ha sido de las cosas más complejas que jamás he tenido que aprender, debido a la gran diversidad de monedas diferentes que existían, cada una de ellas con su propio valor. Además, los buenos mercaderes debían conocer bien las monedas de todos los países y regiones cercanas, ya que cada uno de ellos tenía la costumbre de fabricar su propio dinero, dificultando aún más su aprendizaje y manejo. Pero debo reconocer que el dominio de este arte supuso para mí una gran ventaja en adelante, y que gracias a ello he podido desenvolverme con mayor facilidad por las innumerables tierras que mis pies han pisado hasta el día de hoy.

Shafar era el extraño nombre de aquel mercader humilde que tuvo a bien acogerme como aprendiz; por más lustros que enturbien mi avejentada memoria, nunca lo olvidaré. Él me enseñó todo lo que debía saberse sobre el intrincado oficio de las transacciones de mercancías con otros semejantes, algo que siempre le agradeceré. Yo a cambio, como ya he dicho, le ayudaba durante las largas travesías con el transporte de sus mercancías. Durante estas marchas por caminos polvorientos entre poblaciones, manteníamos entretenidas conversaciones, en las que siempre se mostraba divertido y se burlaba de mí cuando le contaba sucesos sobre mi antigua vida como soldado; algo me dice que no me creía del todo, de manera que yo tampoco solía extenderme mucho con mis relatos, optando mejor por escuchar con atención todo lo que salía por su boca.

Así fue como me enteré de los escasos conocimientos que yo poseía sobre las complejas relaciones con otros seres humanos y, al mismo tiempo, su incredulidad también me mostró la dificultad que tenemos los seres humanos para comprender otras realidades distintas a las vividas y experimentadas por uno mismo. Cada cual siempre tiende a pensar que su modo de vivir y de ver el mundo es el único que existe, e incluso, en algunos casos, la mejor forma por la que se puede pasar por esta oscura vida que todos atravesamos. Mi larga experiencia me ha enseñado que éste es un error habitual que se enquista en el entendimiento de todo aquel ser humano que lleva una existencia monótona , y que nada dista más de la realidad, ya que el mundo posee una complejidad enorme; tanto es así que ni en cien veces cien generaciones podrían llegar a conocerse todas y cada una de las diversas maneras que existen de traspasar el umbral de la muerte, que, a la postre, es el destino de toda vida.

Shafar, en cambio, nunca fue reticente a la hora de exponerme con claridad todos los entresijos que su mundo podía ocultar para un muchacho novato y recién llegado como yo, y deseoso por aprender todo lo necesario para sobrevivir sin ayuda. También fue él el artífice de mi primer acercamiento al prodigioso e inabarcable arte de los símbolos escritos, que, junto con el conocimiento de las monedas, fueron las habilidades que mayor rentabilidad me han aportado hasta el día de hoy. De hecho, gracias a ello, actualmente puedo permitirme el lujo de relatar mis penosas memorias a todo aquel al que pueda interesar y ayudar, aunque sin ánimo de crear doctrina. Si algo se deduce de todo lo escrito, es que el tiempo sólo me ha bendecido con el conocimiento de una sola de sus realidades, y es aquella que reafirma mi inseguridad ante todo lo visto, oído, leído, recordado y soñado. De ahí que, si en algún momento venidero estas letras son descifradas por alguna mente curiosa e inquieta por saber, debería antes convencerse de que para aprender no basta con conocer experiencias ajenas o distintas realidades de las vividas, ni siquiera basta con sufrir las consecuencias de los errores cometidos, como tantos otros nos tratan de hacer comprender. Sino que para aprender es además necesario dejar transcurrir el tiempo debido, y al no conocer nunca cual debe ser éste con exactitud, siempre tendremos la incertidumbre sobre la certeza o falsedad de lo aprendido.

Pero como digo, mi pobre patrón sólo pudo tener a bien acercarme débilmente a esta novedosa y sorprendente ciencia sobre los signos escritos, a pesar de que fueron ellos, los comerciantes de este mundo, los precursores de tan admirable técnica para la comunicación entre humanos. Tan grande y poderoso hacía su dominio, que pronto las clases soberanas de sacerdotes y reyes se hicieron con la exclusividad de su estudio y transmisión, dejando para el resto lo justo y necesario para el desempeño de sus funciones, como era el caso de los mercaderes, que utilizaban sólo algunos de estos símbolos para señalar el contenido de los recipientes donde guardaban sus productos, o para firmar las transacciones que hacían, a fin de poder reclamar lo que les pertenecía ante la autoridad.

Claro que esta exigua instrucción fue más que suficiente para despertar en mi espíritu una profunda curiosidad sobre lo que entonces yo creía que sería una de las herramientas más poderosas jamás usadas por la humanidad. De inmediato creí comprender el alcance que podría tener en generaciones venideras el poder disponer de todo el conocimiento y la información acumulados por generaciones y generaciones de antepasados; cuántos errores se podrían evitar… Pero como ya he dejado entrever anteriormente, estas pretensiones mías no fueron más que otra de mis ilusiones de juventud, ya que el temido tiempo me ha vuelto a demostrar lo engañoso que resulta enseñar nada de lo que no se está seguro, o lo difícil que viene a ser que nadie aprenda por experiencias pasadas y ajenas, aún creyendo en sus ventajas. Tanto es así, que a fecha de hoy, no estoy nada convencido de que nada de lo escrito hasta el momento, por mí o por otros más versados y eruditos que yo, pudiera resultar de ninguna utilidad en el devenir de acontecimientos por llegar, ya que nada hace suponer que el futuro diste en algo de lo ya pasado y acontecido.

E incluso yo iría aún más lejos y me atrevería a insinuar sobre la posibilidad de que esta ciencia inconmensurable sea capaz de hacer retroceder a la humanidad en su progreso y desarrollo, dado la facilidad con que el lenguaje es manipulado y tergiversado en beneficio de unos cuantos, como largamente se ha venido demostrando en el transcurrir de los años, algo que tampoco tiene apariencia de cambiar en tiempos venideros.

De nuevo vuelvo a divagar sobre cuestiones que bien poco importarán al resuelto o aburrido lector de estas mis memorias; otra prueba más de cuán absurdas y vacías pueden llegar a ser las palabras escritas. Casi tanto como las pronunciadas, pero con el peligro de que estas rúbricas no volarán al viento, sino que podrán perdurar en el tiempo escapando con sigilo de las redes del olvido. Aunque me parece que estoy siendo demasiado presuntuoso, conociendo como conozco la facilidad con que el imparable transcurrir entre la luz y la oscuridad puede dañar a la efímera obra del hombre, hasta convertirla en polvo y ceniza, con lo que a la postre, absolutamente todo terminará siendo arrastrado sin remedio por el viento insondable.

Así que continuemos antes de que esto ocurra.

NOTA:  Esta historia no es personal de nuestro autor es solo el recuento de un Caminante de este blog el cual se ha tomado como muestra de evolución y superación…

 

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