• Lo + Más Visto

  • Escribe tu dirección de correo electrónico para suscribirte a este blog, y recibir notificaciones de nuevos mensajes por correo.

    Únete a otros 4.481 seguidores

  • Archivos

Memorias de un Camino: Capitulo 11

Pudiera parecer, por todo lo expuesto, que la vida errante del comerciante no sea proclive a la rutina y al aburrimiento, de hecho, fue capaz de mantenerme durante largos años con la mente despierta y libre del pesaroso tedio. Pero bien conocida es la tendencia de la raza humana a adquirir hábitos estables y monótonos, convirtiendo la existencia en un simple transcurrir del inefable tiempo, viendo crecer y encoger lunas, florecer y marchitar semillas y, en definitiva, acomodándose al paso sereno, pero tenaz, de las estaciones.

También yo, como simple ejemplar de mi especie, al cabo de los años, llegué a caer en semejante suerte, viendo correr los días uno tras otro sin más inquietud en el alma que la de hallar nuevas formas de engañar al ingenuo comprador, con el honroso fin de obtener más ventajas por las transacciones entre ambos, haciéndole creer que siempre es él el beneficiado en el intercambio.

Pero, al parecer, el germen de la audacia y el espíritu intrépido que albergó en mi corazón durante mi juventud, aún permanecía latente y a la espera de nuevas oportunidades donde dejarse sentir. La ocasión que le indujo a emerger de su paciente letargo llegó en uno de los innumerables viajes de la caravana a través de los escarpados montes que dividían países y culturas.

Las nieves de la estación invernal estaban castigando nuestro paso por los elevados riscos algo más de lo habitual, obligándonos a detener la marcha una y otra vez. En una de estas paradas obligadas, quiso la fortuna, o el indeciso destino, que se cruzase en nuestro paso un pequeño grupo de extraños monjes peregrinos y decidiesen pernoctar en nuestra compañía.

No era la primera vez que veía gente de semejante índole; solíamos tener frecuentes encuentros con personas de este tipo, tanto por los diferentes caminos que transitábamos, como en las distintas ciudades y pueblos por los que comerciábamos. Pero siempre se trataban de encuentros fugaces, no era gente que le gustase alternar con mercaderes, solían vivir de manera precaria y no eran amantes de alardes ni extravagancias, como lo son el común de los mortales. Así que tampoco nosotros les prestábamos la menor atención; simplemente nos parecían criaturas extravagantes, e incluso grotescas, dado el comportamiento tan inaudito que solían mostrar, viviendo con lo justo y necesario para mantener erguido el cuerpo dispuesto para la marcha, humillándose constantemente ante sus iguales o mostrando una incomprensible compasión por los desconocidos que sufrían aún una mayor pesadumbre.

Por aquel entonces, mi ánimo ya se encontraba presto al cambio. Como hice ver anteriormente, el tedio había hecho mella en mi espíritu de tal manera, que incluso mis carnes comenzaban ya a abultarse por rincones de mi cuerpo que hasta ese momento me eran desconocidos. Habían sido varias las veces en las que me sorprendí imaginando escenas del más que posible futuro que me aguardaba de seguir aquella vida nómada y entregada por completo a la obtención de riquezas. Algo nada difícil, ya que muchos de mis acompañantes eran personas bien entradas en años y con muchos caminos polvorientos en sus sandalias; gentes que habían visto morir a muchos de sus camellos de puro cansancio y capaces de vender al mejor postor la más hermosa de sus hijas a cambio de un puñado de oro sangriento. Sinceramente, no me apetecía en absoluto acabar mis días envuelto en paños de fina seda y rodeado de esclavos sumisos y deseosos de ver mi final.

Reconozco que el lujo y la holganza que mi modesta fortuna podría haberme aportado, me tentó en ocasiones a instalarme en alguna de las muchas ciudades por las que comercié. Por supuesto tendría que ser una donde la paz y la concordia entre vecinos imperase sobre todas las cosas; ¿de qué podría servir la comodidad de un hogar confortable sin disponer de un mínimo de seguridad? Pero he ahí donde radicaba el problema precisamente. Mi hasta entonces largo transcurrir por el basto mundo me había mostrado en demasiadas ocasiones que ese lugar deseado por mis pretenciosos anhelos, simplemente no existía. Una certeza que el tiempo aún no me ha hecho mudar, por cierto. Todos aquellos lugares por los que cruzaba con mis posesiones, me presentaban siempre la misma escena de pesadumbre: familias enteras viviendo en la más formidable de las opulencias coexistiendo con otras muchas que apenas disponían de un mendrugo de pan que llevarse a la boca. No era necesario llegar a ser ningún sabio erudito para caer en la cuenta de que aquella situación tenía la misma fragilidad que un solitario junco azotado por el terrible viento del este. De hecho, en más de una ocasión me vi obligado a recordar mis antiguas artes de soldado para poder salir airoso de algún violento trance provocado por la irrevocable necesidad de sobrevivir que tenemos todos los seres vivos, incluidos aquellos que, por su mala fortuna o ineptitud, se encuentran hundidos en la más pesarosa de las miserias. Y por si fuera poco el peligro constante que suponía para un rico comerciante jubilado el vivir rodeado de pobreza y gente mendigante, también había que contar con todos aquellos que acostumbraban a buscarse el sustento a costa del trabajo ajeno o, mejor dicho, aquella gente cuyo trabajo consistía en burlar las sagradas leyes del justo comercio, que no eran otras que las que invariablemente aseguraban al mercader su beneficio en cualquier circunstancia, para su provecho propio. Algo intolerable.

En fin, creo que he dejado bien claro al sufrido lector de estas mis memorias, las diversas razones que me condujeron a actuar como a continuación paso a relatar.

Aquellos monjes llegados de tierras extrañas y con destino incierto, tuvieron a bien acomodarse entre nosotros en el interior de las húmedas cavernas que nos servían de refugio provisional. Arreciaba un temporal de frío y nieve que hubiese tumbado a la más terca de las mulas que nos acompañaban, así que la espera se antojaba larga, aunque no pesarosa; a todos nos venía bien un merecido descanso, sobretodo a las bestias de carga, y ya habíamos dejado atrás suficientes situaciones similares como para afligirnos por una más, que no prometía ser mucho más grave que cualquier otra pasada. E incluso me atrevería a decir que para muchos, estas eventualidades, suponían motivo sobrado de euforia, ya que eran bien aprovechadas, no sólo para el justo descanso, sino además para entablar amenos debates alrededor de la lumbre, contar antiguas historias siempre novedosas para los más jóvenes, cambiar de manos algunas monedas por medio de ancestrales juegos de azar o, simplemente, para reflexionar profusamente acerca de lo humano y lo divino, aprovechando la soledad de algún rincón oscuro, como era mi caso en aquellos momentos.

Creo haber relatado ya con suficiente detalle el estado de ánimo en el que se encontraba mi conciencia como para que el lector pueda comprender qué tipo de fuerza invisible e inexplicable hizo que mis pasos condujesen a mi cuerpo obnubilado hacia donde se encontraba descansando el grupo de monjes mencionados. Así, sin percatarme de ello, con la mente inundada por pesarosos pensamientos desafortunados, vine a recostar mis carnes plomizas a escasos metros del lugar donde uno de aquellos extraños personajes se encontraba, y desde donde me observaba con su penetrante mirada.

Las primeras palabras que salieron por su boca dirigidas hacia mí, sonaron como el aliento de un tierno bebé sumido en un sueño profundo, apenas imperceptibles, pero aún así, se clavaron en mi mente cual daga en el gaznate de la bestia destinada al sacrificio, quedando impresas hasta el día de hoy en la parte más lúcida de mi avejentado cerebro. “Que el espejismo de tus días venideros no enturbien la única realidad que existe, viajero”, fueron sus enigmáticas palabras. No sabría decir con exactitud si fueron estas extrañas palabras, el tono de voz con el que fueron pronunciadas o la serena mirada y la quietud de su sonrisa lo que me hicieron abandonar mi estado de ausencia para concentrar mi atención plena en aquel personaje; lentamente volví la cabeza hacia él y decidí ceder a su encanto.

La pregunta era evidente: “¿Y cuál es esa realidad única existente?”.

Se la formulé casi sin pensarlo, hipnotizado por su presencia, conmovido por la calidez que emanaba, prácticamente sin ser consciente de lo que hacía. La sencillez de su respuesta podría parecer una banalidad, algo incoherente, incluso, pensará el avispado lector: “el momento”, fue su lacónica contestación. Pero esta dos breves palabras supusieron para mí el comienzo de una nueva y deslumbrante vida por este mundo inconmensurable. Al menos eso pudiera parecer, a la vista de los acontecimientos que desembocaron a partir de aquel mágico instante, pero a mí me gusta pensar que todos y cada uno de mis días pasados me condujeron sin remedio justo a ese momento, el cual, a su vez, me trajo derecho al cómodo sillón desde donde hoy día escribo estas líneas con el fin de perpetuar en una memoria efímera las experiencias, pensamientos, reflexiones, sinsabores, inquietudes y amarguras de un humilde ser humano que pasó por este mundo sin más pretensiones que las de vivir dignamente y morir de la misma manera.

NOTA:  Esta historia no es personal de nuestro autor es solo el recuento de un Caminante de este blog el cual se ha tomado como muestra de evolución y superación…

Anuncios