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Memorias de un Camino: Capitulo 12

Aquel encuentro fortuito en la humedad de las cavernas mientras arreciaba la tormenta y aquellas palabras concisas, sólo fueron la llave que abrieron en mi alma la esperanza de un mundo diferente y mejor, la consigna que hizo brotar en mi aletargada mente todo un aluvión de preguntas sin respuestas que hasta entonces ni me había planteado, al menos conscientemente. Con el tiempo transcurrido a mis espaldas, he dejado de ver aquel acontecimiento como un comienzo para empezar a entenderlo como algo que tenía que llegar, un paso más en mi arduo caminar por este mundo incomprensible. Pero sea como fuere, lo que sí es seguro es que supuso un cambio radical en el modo de vida que hasta entonces había llevado. Un cambio más de tantos, aunque uno muy importante.

Le pregunté a aquel hombre si me permitirían acompañarlos a donde quiera que fuesen. Su respuesta no podía ser otra: “¿Y por qué no?”. Fue el preciso momento en el que dejé de ser un desahogado comerciante ávido de riquezas y expectativas futuras, para convertirme en un sumiso discípulo, pobre como la ratas y sin mayores perspectivas en la vida que las de la siguiente comida. Una locura.

Como sospecharán, el despachar todas mis pertenencias no me resultó nada difícil. En un primer término lo vendí todo a buen precio, como correspondía al hábil comerciante en el que me había convertido. Debo reconocer que incluso en aquellos momentos de incertidumbre no pude evitar el seguir comportándome como el mercader sagaz y prudente que llevaba siendo durante tantos largos años, siendo incapaz de desprenderme de ninguna de mis posesiones sin antes regatear un precio justo; justo para mí, se entiende.

El resto de compañeros acudieron a mí como las moscas al altar de sacrificios en cuanto les llegó la noticia de mi retirada del oficio. No comprendían mis motivos, claro que tampoco daban mucha opción a explicarlos debidamente, sus preocupaciones se centraban básicamente en hacerse con las mejores piezas que cargaban mis mulas al precio más ventajoso para ellos. Tampoco les importaba mucho el impulso que me conducía a cometer semejante locura, a pesar de las falsas palabras con las que se dirigían hacia mí en un fugaz y vano intento por convencerme de que todo aquello no eran más que tonterías mías de las que me arrepentiría más adelante. Al mismo tiempo me quitaban de las manos, prácticamente y con rapidez felina, lo que ellos codiciaban, supongo que temerosos de que mi arrepentimiento se produjese antes de lo esperado por ellos.

Todo fue para nada. Mis esfuerzos por obtener el máximo beneficio posible fueron inútiles. “Todo ese oro conseguido será una pesada carga que tan sólo servirá para retener tu marcha, viajero”, me espetó cruelmente mi nuevo amigo, después de haber estado prudentemente observándome desde la distancia. Supongo que le resultaría divertido el ver mis trajines innecesarios con mis antiguos colegas de profesión. Ni tan siquiera permitió que me quedase con algunas de las mulas que me facilitase el camino, algo que no pude olvidar durante demasiadas jornadas de dura marcha entre las rocas afiladas y que hubieron de pasar muchos años para que comprendiese.

Por supuesto, él no llegó nunca a prohibirme nada de forma tajante, lo hacía tácitamente, sin apenas palabras, casi con miradas y gestos, pero de una forma clara y contundente: o seguía sus reglas, o volvía mis pasos por donde había venido. No había otra opción. Fue lo primero que aprendí en su compañía, pero no lo último.

Despojarme del dinero conseguido resultó aún más sencillo, como supongo imaginarán, aunque a mí me costó la misma vida deshacerme con tanta facilidad y premura de cuanto había conseguido durante años de duro trabajo y largo caminar. Aquello fue el colofón que necesitaban mis antiguos compañeros de viaje para convertirme en el blanco despiadado de sus burlas y comentarios. Siempre después de haberse hecho con su parte del botín, claro está. Comprenderán que no sentí ninguna lástima de perderlos de vista después de aquel episodio tan humillante.

Afortunadamente no hube de aguatar por mucho tiempo sus divertidas miradas inquisidoras y atrevidas, con las que apenas disimulaban sus pensamientos arrogantes, como los de aquellos que se creen poseedores de la única e incuestionable verdad sobre la que se sustentan los pilares de esta realidad en la que estamos todos inmersos. Ahora comprendo la ignorancia que los movía a actuar así, pero por entonces, cuando la suprema duda aún albergaba en mi espíritu, no dejaba de atormentarme la idea de estar conduciendo mis pasos por terrenos demasiado resbaladizos para mi débil carácter.

Fue una suerte que el cielo aclarase prontamente, permitiéndonos a todos continuar el camino, cada cual por su senda, y alejándome para siempre de la tentación rebelde de dar marcha atrás a todo lo decidido y ejecutado en los últimos días. De nuevo la fortuna volvió a aliarse en mi favor.

No tardamos mucho en alejarnos de la caravana; nuestros pasos seguían senderos demasiado sinuosos y estrechos como para ser tomados por las rudas bestias de carga que acompañaban a los mercaderes. A mis nuevos amigos parecía no importarles en absoluto las dificultades que podía acarrear el transitar por caminos poco habituales para el ser humano y apenas perceptibles para ojos ufanos, como por entonces eran los míos. También advertí, para mi desconcierto, que a ellos tampoco les incomodaba nada la extrema dureza del empedrado, a pesar de sus precarios calzados de lona, ni el atajar a través de colinas demasiado escarpadas incluso para las mulas, aunque los escuálidos cuerpos que ocultaban bajo sus ropas escarlatas pareciesen decir lo contrario. En definitiva, y para mi pesar, se limitaban a tomar las rutas más directas que le condujesen a su destino, fuese éste cual fuese, y que en un principio era todo un misterio para mí.

Durante las primeras horas de marcha, los obstáculos y contratiempos que parecían entorpecer únicamente mi camino, me impidieron observar algo que más adelante, cuando me percaté de ello, me resultó sorprendente: llevábamos casi media jornada de marcha sin parar ni para tomar agua y no se habían dirigido ni un solo comentario entre ellos, simplemente caminaban uno tras otro con la cabeza gacha y siguiendo un mismo ritmo frenético, como si de un solo ser se tratase. En mi vida había visto nada igual. Y por más que yo intentaba no romper la perfecta armonía de la formación, menos lo lograba, dado que mis pies estaban demasiado habituados al cómodo caminar de los animales que formaban la caravana por terrenos allanados y bien señalizados.

Aún no sé qué es lo que más me exasperaba en aquellos primeros días de mi nueva vida, si la fatiga y el cansancio físico que parecían afligirme tan sólo a mí, o el desesperante silencio que embargaba nuestra caminata. En todo mi largo transcurrir por este mundo, hasta entonces no había conocido un silencio parecido hallándome entre semejantes, tan absoluto, difícil de describir. Pero para que intenten hacerse una frágil idea, les diré que ni tan siquiera el contacto de sus pies por el suelo emitía el más leve murmullo.

Y de esa manera fueron pasando los días: caminando hasta la extenuación, comiendo lo preciso y descansando lo inevitable. Aún no sé como pude soportarlo.

NOTA:  Esta historia no es personal de nuestro autor es solo el recuento de un Caminante de este blog el cual se ha tomado como muestra de evolución y superación…

 

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