Memorias de un Camino: Capitulo 13

Llegados a este punto de la narración, creo conveniente hacer una aclaración, destinada, sobretodo, al lector curioso y ávido de respuestas. Desde la obligada huída de mi país natal, poco he hablado hasta el momento de mi relación con los todopoderosos dioses creadores. Y debo decir que me parece algo de primordial importancia dejar bien claro este tema antes de continuar, ya que es de sobra conocida la relevancia que inmerecidamente tienen en el devenir de acontecimientos, el temor que todo mortal concede a dichas divinidades. El hecho de que este temor sea causado por la ignorancia o por la fe, poco debe interesarnos, lo realmente importante son las consecuencias, tanto buenas como malas, que dichas creencias reportan a este mundo y a los que en él habitamos, de las cuales, tampoco yo pude verme libre.

La larga peregrinación efectuada años atrás en pos de lucrativos negocios, me llevó a cruzar una cantidad de países y regiones de los más diversos. Ningún ser humano ocupado habitualmente en menesteres rutinarios que le obliguen a permanecer por siempre habitando un mismo lugar, podría imaginar nunca la cantidad tan inmensa de diferentes pensamientos, creencias y formas de actuar que se dan en esta tierra infinita, donde todos convivimos por igual. Debido a la limitación de mi memoria, me resultaría imposible detallar con pulcra precisión, toda la variedad de cultos y rituales destinados a las más dispares deidades que estos ojos envejecidos han podido contemplar con asombro y algo de admiración. Y aun pudiendo hacerlo, veo innecesario aburrirles con relatos que nada de interés aportarán a sus ya sobre alimentados cerebros, y que sólo conseguiría saturarlos aún más de inútiles conocimientos, algo de lo que imagino andarán sobrados.

Confieso que en un principio, durante mis primeros años como incansable viajero, mis plegarias, ofrendas y sacrificios iban siempre destinadas a aquellos viejos dioses que dejé atrás, morando en el interior de las murallas que me dieron protección durante largos años, en mi más tierna infancia y en mi periodo de soldado aguerrido y fiel. También recuerdo que, en este tiempo, trataba inútilmente de hacer ver a mis compañeros de viaje la trascendencia que este culto sagrado tendría en mi vida y en mi posterior ida hacia el misterioso Más Allá. Pude comprobar con sorpresa como la mayoría de ellos se limitaba a escuchar y asentir simplemente, pero sin hacer el menor caso a mis advertencias, o incluso muchos se burlaban de mis palabras y de mis actos, diciéndome una y otra vez que ya me cansaría de perder el tiempo.

Conforme íbamos pasando por los distintos pueblos en los que comerciábamos, pude observar el proceder habitual de mis compañeros de profesión más veteranos. Y así fue como me di cuenta de que, a pesar de que durante las marchas entre un lugar y otro, éstos no profesaban culto ni ritual alguno, al llegar a cada ciudad, se convertían en los devotos más pertinaces de la deidad de turno, adoptando la fe que en aquel lugar concreto acostumbrasen y dando a entender a los confiados ciudadanos y clientes que tenían las mismas tradiciones y creencias que ellos.

Es de comprender que, al principio, todo esto me pareció extraño e incomprensible. Me resultaba algo de lo más absurdo, además de inútil; pensaba que ningún dios podría tomarlos en serio obrando de tal manera, mudando una y otra vez en sus credos y afirmaciones. De esa forma, jamás podrían obtener salvación alguna para sus espíritus errantes, ni favor alguno que les compensara semejante gasto.

No hubieron de pasar muchos años cruzando diferentes regiones para comprender aquella conducta tan arbitraria. Como ya habrán podido adivinar los avispados lectores, tal manera de actuar tan sólo iba destinada a agasajar a los crédulos habitantes del lugar concreto en el que nos encontrásemos, propiciando de esta forma mejores ventas y, en consecuencia, mayores beneficios. Así de simple, aunque muchos se engañasen a sí mismos justificando este comportamiento con la necesidad no escrita de alinear costumbres propias con las de los anfitriones extranjeros que te ofrecen gentilmente hospedaje, en pos de una convivencia pacífica y cordial. Algo que es de sentido común, a pesar de que no todos parecen querer entenderlo. Pero como decía, en lo que respecta a creencias y cultos, nada debe desviarnos de nuestra sincera opinión, ya que nada hay que pueda interferir en ellos cuando son firmes y honestos, porque de ser así, ningún daño pueden afligir al resto de seres vivientes, aun sin ser compartidos.

Al menos es lo que pienso a día de hoy, porque tengo que confesar que, con el tiempo, también yo me dejé arrastrar tan vilmente, actuando como lo veía hacer al resto de compañeros, engañando y persuadiendo a los posibles compradores sobre mi parecer en lo referente a la fe cultivada y ejercitada, con el firme propósito de obtener su confianza y su oro. Y debo decir, sin ánimo de buscar admiración ajena, que se me llegó a dar bastante bien el artificio en esos menesteres mencionados.

Tanto fue así, que mis viejos protectores no tardaron en caer en el más remoto de los olvidos, para engrandecimiento de mi bolsa y empobrecimiento de mi alma. Y no crean que pretendo insinuar que aquellas antiguas deidades fuesen mejor o peor que aquellas otras veneradas por diferentes culturas; no es eso. Como ya he dejado ver en anteriores ocasiones, lo que realmente considero de importancia no es la creencia en particular que se profese, sino la honestidad con que se haga, y el daño o beneficio que su práctica reporte al espíritu propio y ajeno. Este es mi pensamiento mientras grabo estos caracteres, dado que me veo incapaz de afirmar cual es la verdad o el engaño que se oculta tras tanta oración y tras tal variedad de credos distintos.

Pero no adelantemos acontecimientos y prosigamos con la narración de mis devenires.

Al haberse habituado mi subconsciente a este mudar de opinión en lo referente a los todopoderosos, nada me hizo sospechar que, con mis nuevos compañeros de viaje, algo fuese a cambiar en mi proceder. Y de esta manera, ni tan siquiera llegué a cuestionarme sobre los hábitos litúrgicos que esta gente mostrasen, y que me eran desconocidos al momento de salir de aquella cueva que nos protegió de la tormenta. Tal era mi confianza en mi larga experiencia engañando al prójimo y a mí mismo en lo que respecta al sentir más profundo de nuestra mente.

En aquel momento no llegué a caer en la cuenta de que nunca había visto a estos personajes, ni a otros parecidos, ofreciendo sacrificios ni ofrendas a deidad alguna, como era lo habitual en el resto de seres humanos. Como ya he dicho anteriormente, no solía fijar mi atención en personas que no me fuesen a reportar beneficio económico, así que nunca les dediqué ni un solo instante de mi preciado tiempo. Sí es cierto que recordaba haberlos vistos durante tiempo indefinido sentados en el suelo, con las piernas cruzadas, formando círculo o en solitario, sin hacer absolutamente nada en apariencia; pero esto sólo me llevó a pensar que descansaban tras una larga caminata o, a lo sumo, que era una extraña forma de dormir, sin dar más ni menos importancia que al resto de costumbres insólitas que sólo ellos exhibían.

Hasta entonces.

Durante la pesada marcha que emprendimos tras abandonar la caravana, subiendo y bajando escarpadas laderas, atravesando ríos pedregosos y bosques sombríos, también pude comprobar como, en las horas de mayor oscuridad, cuando morábamos bajo la penumbra de cualquier saliente montañoso o entre la más lúgubre de las arboledas, continuaban con tan extraño proceder, concediendo más horas a esta práctica de sentarse en quietud que al reparador sueño tendidos sobre la hojarasca, como hacía yo.

Con el mayor respeto que siempre mostré hacia pareceres diversos, no quise ser imprudente interrogándoles sobre tales hábitos tan prontamente; en los escasos momentos que disponíamos para el descanso, bastante tenía yo con dormir cuanto pudiese como para andar entrometiéndome en asuntos ajenos a mi incumbencia. También agradecía el hecho de que ellos no me obligasen a hacer nada que yo no comprendiese ni desease, lo que me dio confianza desde un primer instante, ya que la mutua tolerancia es algo que considero de vital importancia para la pacífica convivencia entre seres de distinto provenir.

Pero era de esperar que mi imperturbabilidad alcanzase tarde o temprano ese punto donde la prudencia, o la dejadez, es aventajada por la curiosidad. Tras varios días de imparable marcha, y aprovechando un alto en el camino para comer, me atreví a interrogar a uno de ellos, al que llamaban Shirtam, por el ritual descrito con anterioridad, en el que todos permanecían en el más absoluto de los silencios e imperturbables como piedras en el remanso del río; quise saber qué sentido tenía para ellos tal proceder. En aquel instante en el que mi mente era pura confusión, su respuesta no hizo más que ofuscar aún más mi precario intelecto, para mayor desolación mía:

No quieras saber lo que no se puede expresar con palabras.”

Y cuando traté de insistirle sobre mi sincero y sano propósito por obtener conocimiento, tan sólo logré sacarle otra exigua réplica:

Únicamente la práctica logrará abrir tu conciencia.”

El escaso tiempo que dedicábamos al necesario alimento no me permitió continuar con el interrogatorio, aunque ya algo me decía que tampoco podría esclarecer mucho mis dudas por ese camino, y que sólo la pura observación, una paciencia infinita y una inquebrantable perseverancia terminarían por descubrirme esos oscuros secretos que albergaban bajo los sesos rapados de estas criaturas tan curiosas.

NOTA:  Esta historia no es personal de nuestro autor es solo el recuento de un Caminante de este blog el cual se ha tomado como muestra de evolución y superación…

 

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