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Reconocer tus errores te libera (Maytte)

Aunque nuestro ego se resista a admitir que hemos errado, asumir los propios errores y reconocerlos ante los demás es el primer paso para convertir nuestros fallos en aprendizajes útiles. Pedir disculpas es otra habilidad social poco cultivada pero muy positiva para mejorar las relaciones

“Admito que me equivoqué”; “lo siento, te debo una disculpa”; “reconozco que ha sido un error de mi parte”; “al final, quien tenía razón eras tú y no yo”; “he metido la pata”. Frases como estas suelen atragantársele a la mayoría de la gente y deben superar muchas resistencias psicológicas para que salgan de su boca.

¿Por qué cuesta tanto trabajo aceptar los errores?
¿Por qué nos cuesta tanto reconocer ante los demás que nos hemos equivocado? La mayoría estamos de acuerdo con el dicho popular de que “errar es de humanos y corregir es de sabios”, pero un escaso porcentaje de nosotros lo pone en práctica con naturalidad; la mayoría lo posterga, lo evita lo más posible o ni siquiera se lo plantea.

“Una de las razones por la que nos resistimos tanto a admitir nuestros fallos ante los demás es que consideramos erróneamente que esto supone una muestra de debilidad o de incapacidad, cuando en realidad suele ser todo lo contrario: es una demostración de seguridad y confianza en uno mismo, y de nuestra capacidad de rectificar y aprender de los errores”, explica Carmen Retuerce, experta en habilidades sociales.

Otra de las razones de las resistencias a reconocer una equivocación propia ante otra persona consiste en que “a menudo ello implica tener que pedirle después una disculpa, algo que muchos viven como una auténtica humillación o una forma de otorgar poder a otra persona sobre uno mismo”.

¿Eres como un erizo?
A menudo nos cuesta reconocer nuestras equivocaciones simplemente porque la falta de práctica y de costumbre nos mantiene en una especie de una inercia mental, en una posición de autoprotección; es como cuando el erizo se transforma porque se siente amenazado.

Esta actitud nos muestra ante los demás como personas arrogantes e inflexibles, lo cual nos conduce a llevarnos y comunicarnos mal con ellos, y a sentirnos a disgusto con nosotros mismos. No reconocer los errores es el mayor de los errores y a su vez el origen de un camino que nos aleja de la gente, de la realidad y de la posibilidad de ser felices.

¿Cómo puedes cambiar?
Para salir de este pernicioso ciclo, la experta recomienda empezar por reconocer los fallos pequeños: “por ejemplo, hemos de bromear sobre una comida que no nos ha quedado rica o un despiste como el de perder las llaves. Esto nos dará práctica y soltura para reconocer errores importantes y abrir la puerta a una solución”.

También puedes prestar atención a las personas humildes que no tienen reparos en pedir disculpas a los demás y comprobar el efecto positivo y de satisfacción de su actitud, tanto en ellos mismos como en los otros. El mundo no se acaba por pedir disculpas; realmente no pasa nada por hacerlo.

Una vez que se haya pedido perdón por un error considerable, hay que intentar corregirlo para no volver a cometerlo. Pero hay que hacerlo con la cabeza bien alta: no hace falta bajar la mirada ni avergonzarse; basta con reconocer el error y mostrar el deseo de que se acepten nuestras disculpas.

Cuando las disculpas nos las piden a nosotros y lo hacen con sinceridad, hay que aceptarlas y agradecerlas, en lugar de intentar machacar a esa persona su error. Así como tratamos a los demás, los demás tenderán a tratarnos a nosotros.

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