En busca de una espiritualidad… (Carlos Osma)

exodo-800x600El amor de Dios y el amor al prójimo son dos hojas de una puerta que sólo pueden abrirse y cerrarse juntas.

Sören Kierkegaard

Traigo yo iniciándome un poco al Blog  les traigo dos artículos que he publicado en Lupa Protestante acerca de un tema candente y, seguro, discutido acerca de si existe o no una espiritualidad homosexual específica, si hay una manera homosexual de vivir la espiritualidad o esta es la misma para todo el mundo…

¿Existe una espiritualidad homosexual? O dicho de otra forma: ¿vivimos los homosexuales una espiritualidad diferente a la de los heterosexuales? Algunas personas sostienen que sí, que al igual que existe una espiritualidad femenina diferente a la masculina, existe una homosexual frente a la heterosexual. Las razones que se esgrimen son diversas, entre ellas, que la espiritualidad es algo tan íntimo, que se vive de forma diversa según las características personales. Sobre todo cuando estas características se han convertido en un signo de identidad relevante dentro de nuestra sociedad.

Es cierto que nuestras particularidades y experiencias nos marcan a la hora de vivir la fe, sin embargo como protestantes no podemos obviar la importancia tan determinante que tiene la Biblia en todo esto. Y aquí es donde reside la gran dificultad, puesto que el texto bíblico es claramente heteronormativo . Aún así, tendríamos que reconocer que la heteronormatividad no es la única dificultad para el creyente de hoy al acercarse a la Biblia, existen otras como el androcentrismo. Cosa que no ha impedido a las mujeres articular su visión particular de Dios de una forma clara y comprensible, en beneficio del conjunto de creyentes. ¿Podremos hacer nosotros lo mismo?

Además, otro de los grandes problemas en todo esto, es que chocamos con una estructura religiosa fuertemente heterosexista que se resiste a ser cuestionada, y que nos recuerda que la existencia de una espiritualidad cristiana homosexual fuerza excesivamente los principios de la escritura. Ante esta opinión, estaría bien recordar que nadie está libre de ideología, y que la única forma de criticar una de ellas, es situarse en otra. ¿Sólo la teología que surge de una experiencia homosexual está influida por su contexto? ¿Tan poco relevante es la heterosexual? ¿Podrían afirmar rotundamente que algunos principios cristianos que ellos consideran inamovibles, no han sido influidos por su género u orientación sexual? Me cuesta creer que sólo las personas heterosexuales tengan la capacidad de leer de forma neutra y pura el texto bíblico.

La heteronormatividad es una construcción sociopolítica que, al igual que muchas otras, recorre la Biblia de principio a fin. Por eso mismo, y como hemos dicho ya, determina la experiencia cristiana protestante. ¿Cómo deconstruirla? ¿Cómo liberar al texto bíblico de este lastre? ¿Cómo hacer que los creyentes dejen de leer como algo lógico la exclusión de las personas homosexuales? ¿Cómo desnaturalizar, no sólo unos cuantos textos inhumanos, sino una visión bíblica de la sexualidad que atenta contra la diversidad en la creación de Dios? Hay que reconocer que la tarea es complicada, aunque no por ello imposible.

Al hablar de homosexualidad y cristianismo rápidamente surgen textos como: “Si alguno se ayuntare con varón como con mujer, abominación hicieron; ambos han de ser muertos(1)”. Una interpretación que surgiese de una experiencia homosexual no pondría la condena por encima del sufrimiento. Más bien denunciaría la utilización del nombre de Dios por parte de la religión, para ejercer un control social a favor de los intereses de las mayorías. Para pasar después a dignificar a todas las personas asesinadas, torturadas o rechazadas, por la influencia de textos como éste a lo largo de la historia. Dios está siempre al lado de la víctima, esa es la convicción profunda del cristianismo, ése es el mensaje del Cristo crucificado. A la palabra del Dios opresor no se le puede dar más credibilidad que a la del Dios de los oprimidos.

Más controversia han producido las diferentes voces que en los últimos años han defendido la homosexualidad de Jesús. Aunque a simple vista pueda parecer una afirmación estrambótica, que como muchas otras aplica a Jesús categorías modernas, su fuerza reside en que pone al descubierto la utilización de la figura de Jesús para defender el sistema heteronormativo. Algo similar a lo que ya antes había apuntado tan acertadamente la teología feminista: “cuando Dios es visto como hombre, los hombres son presentados como Dios”. Y a lo que evidentemente nos oponemos.lentz-christ-the-bridegroom

Ante esta apropiación ilegítima no creo que la persona homosexual deba claudicar, y al leer textos como: “Y uno de sus discípulos, al cual Jesús amaba, estaba recostado al lado de Jesús(2)”, puede alegrarse viendo como Jesús no renunció a amar a las personas de su mismo sexo, e incluso que a uno de esos discípulos lo amó de una forma diferente. Eso es lo que parecen decir los seguidores de Jesús cuando llaman a uno de ellos El discípulo amado. Debería también observar sin censuras la imagen que nos proporciona este texto, la de un Jesús que permite que otro hombre le muestre su amor, y que no ve en la afectividad entre personas del mismo sexo ninguna amenaza. Jesús vive el amor con personas de su mismo sexo de forma abierta y desinhibida.

De todas formas no deberíamos imponer ninguna lectura gay o lesbiana como correcta. En primer lugar porque las personas homosexuales somos diversas, y no compartimos una única forma de ser, sentir, o de situarnos ante Dios y el mundo. Por lo que la diversidad ha de ser una característica irrenunciable de la espiritualidad homosexual bien entendida. Y en segundo lugar, porque nunca hay que olvidar que también nuestra interpretación es parcial, condicionada y está expuesta a ser corregida.Nadie puede proponer una interpretación definitiva de la Biblia. Así que tendríamos que estar más que conformes, con una que ilumine nuestro día a día.

Pero siendo conscientes de todas las limitaciones, hay que reafirmarse en el principal sentido que actualmente tiene una espiritualidad homosexual, y que no es otro que el de enfatizar la experiencia de liberación frente a los que pretenden que vivamos oprimidos. Trabajando, en la medida de nuestras posibilidades, para ensanchar hasta el infinito los entornos donde poder vivir más libremente. Algo que posee un sentido netamente evangélico, porque el punto de partida de cualquier espiritualidad cristiana es la libertad. Sólo con ella, podemos acercarnos a la heteronormatividad del texto bíblico para desenmascararla, para decir que esta construcción humana no tiene nada que ver con Dios. Ella nos esclaviza, Dios nos libera.

Terminé el artículo anterior afirmando que el punto de partida de la espiritualidad homosexual es la libertad. Me gustaría reflexionar ahora sobre las dificultades a las que nos enfrentamos al llevarla a la práctica, y de qué manera nos implica en nuestra vida real. Porque podría ser que la palabra libertad sólo fuera eso, una palabra; y nuestra espiritualidad, una construcción de diseño sin ninguna profundidad, que no cumple su verdadero sentido: Implicarnos en el mundo y aproximarnos a Dios.

Reflexiono a partir de mi experiencia y del texto bíblico, concretamente de las experiencias de liberación que el pueblo judío nos ha transmitido por medio del libro del Éxodo. La historia que allí encontramos tiene un núcleo histórico que ha sido posteriormente reelaborado teológicamente, engrandecido y mitificado. Aunque personalmente, me importa relativamente poco si fue en Egipto, en Babilonia, o desde cualquier otro lugar o experiencia, donde el pueblo judío se dio cuenta de que su Dios era liberador. Lo determinante es, si lo que allí se narra tiene aún algo que decirnos.

Parece poco probable que todo el pueblo se atreviese a huir, sé que entro en el campo de la imaginación, pero supongo que no todos los judíos sufrían el mismo tipo de esclavitud, y por eso prefirieron quedarse. Quizás más de uno había logrado una parcela de poder, por ridícula que ésta fuese, regalada por el Faraón como estrategia para reforzar su sistema opresivo. Es algo que se da con frecuencia en cualquier sistema que pretende controlar a grupos humanos, y nuestro colectivo no se escapa de esta realidad. No son pocas las personas que defienden el sistema heteronormativo que les oprime, porque al mismo tiempo les proporciona prestigio, un medio de vida, o ingresos económicos. ¿Qué espiritualidad viven estos homosexuales? Muy fácil, una que empieza y termina en el mismo lugar, en ellos mismos. La finalidad salvar el pellejo. Individualismo divinizado, nada más.

También habría enfermos, o personas mayores para las que ya no había posibilidad de huir. Personas utilizadas y destruidas por el sistema opresivo. Es triste ponerse en su piel, convencidos de que ya no hay salida, de que sus circunstancias no les permiten soñar. Uno siempre se revela contra la no posibilidad, y prefiere creer que es mejor morir en el desierto como un ser humano libre, que ser un muerto viviente en Egipto. La espiritualidad de estas personas es la del fracaso, la del ir tirando como se pueda, sin creer que se puede participar activamente en lo que ocurre. Espiritualidad que no cree en el poder de Dios, aunque lo afirme con palabras.

Estarían también los que preferían la libertad del esclavo a la responsabilidad de la libertad de Dios. Mujeres y hombres convencidos de que la libertad empezaba y terminaba en las normas que el Faraón imponía, el que se salía de ellas, malinterpretaba la libertad. Faraones de este tipo tenemos para dar y tomar en nuestra sociedad, pero también dentro de aquellas comunidades cristianas donde las estructuras han ahogado la libertad del ser humano. Las espiritualidades homosexuales que nacen en este contexto no son libres, sino impuestas por un Dios caprichoso que juega con las personas, obligándolas a cumplir leyes que les hacen sufrir. Espiritualidad del miedo, que no confía en el ser humano, que no lleva ni al prójimo ni a Dios, sino al legalismo.

Pero hubo judíos que sí salieron, que se atrevieron a cruzar el Mar Rojo, que creyeron que existía una libertad que hasta entonces sólo conocían de oídas. ¿Qué hizo que salieran? ¿Qué les llevo a poner en peligro sus vidas? ¿Por qué ellos sí y los otros no? La personalidad de Moisés no lo explica todo. Supongo que hay respuestas diversas, pero creo que todas ellas comparten algo: La confianza en Dios. Por eso, cuando en la huida todo se ponía en contra de ellos, se rebelaban y desconfiaban del Dios liberador. Sólo Él les había convencido de que era posible una vida más humana, sólo Él era el responsable de lo que les ocurriese. Dependencia total de Dios, esta es la espiritualidad que de aquí se desprende, y estoy convencido de que ésa es la espiritualidad que debe buscar el creyente homosexual, que se sabe guiado junto a otros hacía un lugar dónde ha de vivir plenamente.

Pero sería un error olvidarnos de las amenazas de esta libertad. Algunos judíos descubrirían con el tiempo, en el reino de Israel, que habían sido liberados de una esclavitud, pero que habían caído en otras. Que los amos ahora tenían otra cara, pero los esclavos seguían siendo ellos. La sociedad israelita no fue un ejemplo de igualdad, cosa que los profetas denunciaron constantemente. Cuidado con una espiritualidad homosexual que se olvida de que un día fuimos esclavos en Egipto. Algunos piensan que estar recordando siempre esta situación, es una forma de no avanzar, de no normalizar, pero yo creo que ése es el núcleo de nuestra reflexión, porque forma parte de nuestra experiencia, y si la olvidamos estaremos condenados a repetir los esquemas represivos en los que vivíamos, aunque tengan otros nombres.

Somos libres, y sabemos de dónde hemos salido, pero: ¿Para qué? ¿Qué sentido tiene una espiritualidad que nace de esta experiencia? ¿Nos implica en algo? Jesús dirá que, entre otras cosas, el sentido de su espiritualidad era “liberar a los cautivos”. Esta es pienso yo la respuesta. No sólo no intentar no oprimir a otros, sino saber que nuestra experiencia nos implica en la liberación de otros oprimidos. La espiritualidad siempre lleva al otro, a través de nuestra experiencia de Dios. Ésta es, no sé si la única, pero si la forma más evidente de convertir en positivo algo que quizás empezó siendo muy negativo.

Sé que muchos pensarán que no he descubierto nada nuevo, que esta espiritualidad no tiene nada que ver con la homosexualidad, sino que es una espiritualidad cristiana para todos. Y es verdad relativamente, porque las personas homosexuales tenemos que encarnar con nuestras propias experiencias la espiritualidad que vivimos, para que de esa forma sea más significativa. Rechazando las voces que nos dicen que esta parte de nosotros no tiene nada que aportarnos, que es irrelevante. Pero se equivocan, porque sólo a través de las marcas que este proceso de liberación ha dejado en nuestro cuerpo, y de los sufrimientos y alegrías que nos ha proporcionado, podemos vivir una espiritualidad real y encarnada.

Un día fuimos esclavos en Egipto, pero Dios nos escogió, y nos liberó. Ésta debería ser nuestra convicción a la hora de acercarnos a Dios y al resto de seres humanos. Éste tendría que ser el eje principal de una espiritualidad homosexual liberada.

Continúa en una tercera entrega.No hay actitudes más destructivas para cualquier espiritualidad homosexual que la pasividad y el rencor. Es cierto que los cristianos homosexuales aprendimos a despreciarnos, mirándonos a través de los ojos del dios de la heteronormatividad, y que los seguidores de este dios ignorante y cruel nos ofrecieron en sacrificio para defender su sistema de poder heterosexual. Las lesbianas y gays cristianos no podemos eliminar esto de nuestro pasado, o incluso de nuestro presente. Pero si pensamos que no hay posibilidad de cambiar las cosas, de transformarlas; colaboramos con idéntica responsabilidad en el mantenimiento del sistema opresor.

Ante la pasividad respondemos con libertad. En los dos artículos anteriores sobre el tema, la salida de los esclavos de Egipto nos ayudó a reflexionar sobre el Dios que nos libera. Algunos comentarios nos hicieron ver que quizás era más apropiado hablar de liberación, que de libertad. Personalmente opino que hay un momento en el que la persona homosexual tiene experiencia de un Dios que le ama tal y como ella es, en ese instante las cadenas psicológicas, religiosas y sociales caen, y se reconoce a sí mismo como una persona libre. Éste es el punto de partida de una espiritualidad homosexual sana, ser consciente de la libertad a la que Dios nos llama. Esa llamada por sí misma, ya nos convierte en personas libres. Sin embargo, como me señalaron en algunos comentarios, para expresar el proceso que viene después, sería mejor utilizar la palabra liberación. Responde mejor a nuestra experiencia, puesto que sabemos que vamos en camino hacia una tierra prometida, camino en el que iremos liberándonos de los antiguos prejuicios que tenemos arraigados, y camino que nos permitirá conocer mejor a Dios, en la medida que nos comprometamos en la liberación de todo ser humano.

La liberación de los prejuicios en los que habíamos sido educados, no crea de por sí una espiritualidad positiva si el rencor se mantiene. La espiritualidad homosexual debe ser consciente de que el amor es la única respuesta satisfactoria, si realmente pretende ir tras las pisadas de quien nos ha salvado. La vida, la crucifixión y la resurrección de Cristo, centro del cristianismo, es el lugar desde donde interpretar el sentido y el alcance de este amor al que estamos llamados.

La vida de Jesús nos muestra una praxis continua de liberación de mujeres y hombres que se supieron amadas por Dios. Un Dios que no era juez, ni el responsable de nuestro sufrimiento, que no respetaba las absurdas exclusiones humanas, y que se comportaba con todos como un padre amoroso. Esta forma de actuar de Jesús, de mostrarse libre para amar a cualquier ser humano en todo momento, creó recelo entre los religiosos de su tiempo. Aquel Dios que Él mostraba, no era el dios de la religión, sino del amor y de la libertad. Los religiosos se sintieron amenazados, y se dieron cuenta de que su poder, su capacidad de decir lo que era o no correcto, la visión del mundo que proponían; quedaba cuestionada por aquel “glotón y bebedor, amigo de gente de mala fama”. Podríamos decir que Jesús tuvo la misma relación con respecto a la religión de su tiempo que la mayoría de homosexuales a lo largo de la historia, y que eso no hizo que su espiritualidad, su convicción de ser el Hijo amado de Dios cambiara. De hecho, nos enseñó que el camino para vivir el amor infinito de Dios, pasaba por amar a estos pobres hombres y mujeres religiosos que, como a veces nosotros, no tenían ni idea de quien era Dios y en que consistía seguirle. No podemos vivir una espiritualidad homosexual cristiana, si renunciamos a amarnos, si no nos sentimos amados por Dios, y si no estamos convencidos de que es necesario amar a quienes nos discriminan.

El poder religioso se unió al político para asesinar finalmente a Jesús en una cruz. La cruz puede verse como el símbolo de un amor consecuente, del amor de Jesús que no dio un paso atrás, aún sabiendo que todo hacía preveer que los dirigentes religiosos y políticos acabarían con él. Jesucristo amó y asumió las consecuencias, si no lo hubiese hecho su amor no hubiera sido real. Amar de palabra, no es amar, los homosexuales sabemos que aquello de “Dios ama a los homosexuales pero…, yo amó a los homosexuales pero…” es vana palabrería. En el amor que Dios nos enseñó no hay condiciones ni peros, hay amor profundo, y deseo de una relación verdadera con el ser humano. Por tanto en el amor que ilumina una espiritualidad homosexual liberada, tampoco debe haber peros para amar a quienes injustamente nos condenan.

La cruz nos enseña además, que evitar el conflicto no fue la opción de Jesús. El conflicto está inevitablemente unido a la comunidad de los seguidores del crucificado. El reino de Dios no vendrá sin resistencias ni enfrenamientos, y por tanto sin dolor ni sufrimiento. El amor al que Dios nos llama sabe donde quiere llegar, y las dificultades que esto supone. Pero aún así, es un amor que asume los riesgos y se pone en camino. Con la esperanza de que al igual que Dios no abandonó a Jesucristo, y lo resucitó de los muertos, ratificando de esa manera su mensaje, tampoco lo hará con nosotros. El Dios que nos ama está a nuestro lado, y responderá con justicia a toda injusticia del sistema heteronormativo que nos oprime. La resurrección nos anima a confiar, a esperar contra toda esperanza, a vivir una espiritualidad homosexual impregnada del amor de Dios, puesto que si ponemos nuestra confianza en quien nos amó primero, resucitaremos como él, a una vida más justa. La resurrección es posible para nosotros, para las iglesias que nos rechazan, y para el mundo en el que vivimos.

No sólo podemos cambiar las cosas, sino que las cosas cambiarán por la acción de Dios a través nuestro. Y este cambio no llegará a condición de que dejemos de ser quienes somos para acomodarnos a las exigencias heterosexistas que dicen venir del cielo, sino cuando seamos capaces de vivir una espiritualidad homosexual que esté impregnada de amor a nuestra realidad y a lo que nos envuelve. Amar a personas de nuestro mismo sexo, nos permitió descubrir lo desestabilizador que puede ser en nuestro entorno un amor no normativo. No es difícil por tanto deducir que la espiritualidad homosexual que viva impregnada de este amor creará más de un conflicto. Pero el conflicto no es ni su sentido ni su finalidad, como cualquier espiritualidad cristiana bien entendida, la que se encarna en una experiencia homosexual, aspira únicamente al seguimiento de Jesucristo.

Copyright © 2011 Carlos Osma.

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Una respuesta

  1. Creo que es una buena pregunta, que a veces nos hacemos muchos, y que posiblemente intelectualmente tenga diferentes respuestas.
    Yo me voy a centrar en el apartado que une Biblia y espiritualidad. La Bibia, para un creyente, no es letra muerta. Hace ya tiempo que desapareció la concepción de la Revelación como un dictado escrito dado por Dios o un aerolito caído del cielo.
    ¿A dónde quiero llegar entonces? Pues a unas palabras de Gregorio Magno, que expresan muy bien como puede un homosexual y un heterosexual leer la Escritura.”La Revelación divina crece con el lector que lee la Escritura”. Es el mismo Espíritu que inspiró al autor bíblico el que hace que el lector profundice más en ella. Y es el lector concreto, con su psicología y su orientación sexual y desde ella. La Palabra de Dios siempre se hace nueva, cuando nos acercamos a ella con la vida abierta a ser trasformada, por ese Espíritu que mantiene fresco nuestro barro para poder seguir siendo modelados por Aquel que nos creó; y Aquel que nos creo homosexuales, no está dispuesto a deshacer nuestro barro, pero sí a llevarnos a vivir lo que somos y desde lo que somos en comunión con Él, pues eso es la espiritualidad y la felicidad.
    el hermano

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