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Estrellitas y Duendes

“En el país de los cuentos había una vez un pequeño duende. Un duende muy travieso que siempre andaba riendo y saltando de un lado para otro…   Vivía en una casita toda rodeada de montañas. A su lado, un pequeño río que discurría placidamente por la falda de la ladera describiendo un paisaje difícil de imaginar……….   Lo que mas gustaba al duendecillo era ver como cada mañana, con los primeros rayos de sol, todas las flores de su jardín iban abriendo una por una sus hojas…..   Uno de aquellos días, como muchos otros, salió a pasear a la montaña. Y caminando entre las rocas encontró una flor: era una flor preciosa, nunca había visto otra de igual belleza. Le había cautivado tanto que paso toda la tarde mirándola. Era maravilloso verla cuando se contorneaba cada vez que el viento acariciaba sus hojas………….   Al siguiente día y al siguiente, y al otro, volvió para estar a su lado y mirarla.   Un día como tantos otros, nuestro duendecillo vio como de una de sus hojas caía una pequeña lagrima. No entendía como la flor más maravillosa del mundo podía estar triste. Se acercó a ella y le pregunto:   -“?Por que lloras?”. -Y contesto la flor: “me siento triste aquí entre las rocas, sin nadie que me mire salvo tu. Me gustaría vivir en un jardín como el tuyo y ser una mas de entre las flores. Además, te concederé el deseo que mas quieras si me llevas allí”.   Fue entonces, cuando el pequeño duende la tomo entre sus manos y con todo el cariño del mundo la planto en el lugar mas bonito de su jardín………..   Una vez cumplido el deseo, la flor le dijo al duendecillo:   – “Y bien, ahora que me has llenado de felicidad al traerme aquí, ?que es lo que mas deseas en este mundo?”.   Y el duendecillo entonces, la miro fijamente y contesto :   – “Quiero ser flor como tu   para    sentirme    por    siempre     a     tu     lado”.   Y colorín  colorado, en el país de los cuentos, el final ha llegado.

Extraido de 26 CUENTOS PARA PENSAR de un maravilloso autor llamado Jorge Bucay

Ella y yo hacíamos el amor diariamente

Del libro El camino del encuentro  

 

Ella y yo hacíamos el amor diariamente,  

en otras palabras, los lunes, los martes y los miércoles  

hacíamos el amor invariablemente.  

Los jueves, los viernes y los sábados hacíamos el amor igualmente.  

Por último los domingos hacíamos el amor religiosamente,  

hacíamos el amor compulsivamente.  

Lo hacíamos deliberadamente. Lo hacíamos espontáneamente.  

Hacíamos el amor por compatibilidad de caracteres,  

por favor, por supuesto por teléfono, de primera intención  

y en última instancia, por no dejar y por si acaso,  

como primera medida y como último recurso,  

hicimos el amor por ósmosis y por simbiosis:  

y a eso le llamábamos hacer el amor científicamente. 

  


Pero también hicimos el amor yo a ella y ella a mí, es decir, recíprocamente.
 

Y cuando ella se quedaba a la mitad de un orgasmo  

y yo con el miembro convertido en un músculo fláccido no podía llenarla,  

entonces hacíamos el amor lastimosamente.  

Lo cual no tiene nada que ver con las veces  

en que yo me imaginaba que no iba a poder y no podía,  

y ella pensaba que no iba a sentir y no sentía,  

o bien estábamos tan cansados y tan preocupados  

que ninguno de los dos alcanzaba el orgasmo.  

Decíamos entonces, que habíamos hecho el amor aproximadamente. 

  

   

O bien a Estefanía le daba por recordar las ardillas que el tío Esteban  

le trajo de Wisconsin que daban vueltas como locas  

en sus jaulas olorosas a creolina, y yo por mi parte  

recordaba la sala de  la casa de los abuelos  

con sus sillas vienesas y sus macetas de rosas  

esperando la eclosión de las cuatro de la tarde… 

  

   

Así era como hacíamos el amor nostálgicamente,  

viniéndonos mientras nos íbamos tras viejos recuerdos.  

Muchas veces hicimos el amor contra natura,  

a favor de natura, ignorando a natura,
o de noche con la luz encendida, o de día con los ojos cerrados,
o con el cuerpo limpio y la conciencia sucia o viceversa.
 

  


Contentos, felices, dolientes, amargados.
Con remordimiento y sin sentido.
Con sueño y con frío.
Y cuando estábamos concientes de lo absurdo de la vida
 

y de que un día nos olvidaríamos el uno del otro,  

entonces hacíamos el amor inútilmente. 

  

  

Para envidia de nuestros amigos y enemigos 

hacíamos el amor ilimitadamente, magistralmente, legendariamente. 

Para honra de nuestros padres, hacíamos el amor moralmente, 

Para escándalo de la sociedad, hacíamos el amor ilegalmente. 

  

 

 

   

Para alegría de los psiquiatras hacíamos el amor sintomáticamente
Hacíamos el amor físicamente, de pie y cantando,
 

de rodillas y rezando, acostados y soñando.  

Y sobre todo, y por la simple razón de que yo lo quería así y ella también,  

hacíamos el amor voluntariamente…