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Lo que está en el Inconsciente

 

A veces lo más difícil en la búsqueda a la liberación y a la Paz interior,  es el perdón, ese perdón con  uno mismo.  A veces porque ignoramos ese sentimiento o no sabemos como llevarlo, como también  a veces se piensa que no es importante y que está todo  bien con nuestro interior, pero a medida que uno sufre se va coleccionando ciertas semillas que con el tiempo va tomando una forma y los resultados son difíciles de comprender, de aceptar y el dolor y la confusión va creciendo.

Sin  poder reconocer este sentimiento, sin poder llegar a perdonarse a uno mismo, se nos hará mucho más difícil el camino y la autoaceptación . El poder de la mente y de los pensamientos es desconocido por todos, por lo cual además de cuidarse de ellos y es bueno de vez  en cuando analizar ciertas situaciones, sentimientos y de ir limpiando y liberando.

Freud insistió, que habían algunas personas que parecían que estuvieran prisioneras dentro esquemas catastróficos infernales:

Se casan con una persona y esa persona sufre una enfermedad no diagnosticada, luego se enamoran y su pareja las abandona, sus amigos la traicionan y los negocios que emprenden fracasan.

Como si tuvieran un radar que les guiara hacia los seres y las situaciones  que deberían evitar a toda costa. Hasta el punto que llegan a terminar creyendo que son gafes, que la mala suerte les persigue.

Según el Psicoanálisis en estos casos, no entra para nada la mala suerte, ni nada parecido. Esto tipo de personas construyen sus propias desgracias  a partir de un sentimiento de culpabilidad que les empuja a autocastigarse. La clave ante esto está en entender y analizar que deseos culpables e insoportables son las que incitan para hacerse tanto daño.

Ella y yo hacíamos el amor diariamente

Del libro El camino del encuentro  

 

Ella y yo hacíamos el amor diariamente,  

en otras palabras, los lunes, los martes y los miércoles  

hacíamos el amor invariablemente.  

Los jueves, los viernes y los sábados hacíamos el amor igualmente.  

Por último los domingos hacíamos el amor religiosamente,  

hacíamos el amor compulsivamente.  

Lo hacíamos deliberadamente. Lo hacíamos espontáneamente.  

Hacíamos el amor por compatibilidad de caracteres,  

por favor, por supuesto por teléfono, de primera intención  

y en última instancia, por no dejar y por si acaso,  

como primera medida y como último recurso,  

hicimos el amor por ósmosis y por simbiosis:  

y a eso le llamábamos hacer el amor científicamente. 

  


Pero también hicimos el amor yo a ella y ella a mí, es decir, recíprocamente.
 

Y cuando ella se quedaba a la mitad de un orgasmo  

y yo con el miembro convertido en un músculo fláccido no podía llenarla,  

entonces hacíamos el amor lastimosamente.  

Lo cual no tiene nada que ver con las veces  

en que yo me imaginaba que no iba a poder y no podía,  

y ella pensaba que no iba a sentir y no sentía,  

o bien estábamos tan cansados y tan preocupados  

que ninguno de los dos alcanzaba el orgasmo.  

Decíamos entonces, que habíamos hecho el amor aproximadamente. 

  

   

O bien a Estefanía le daba por recordar las ardillas que el tío Esteban  

le trajo de Wisconsin que daban vueltas como locas  

en sus jaulas olorosas a creolina, y yo por mi parte  

recordaba la sala de  la casa de los abuelos  

con sus sillas vienesas y sus macetas de rosas  

esperando la eclosión de las cuatro de la tarde… 

  

   

Así era como hacíamos el amor nostálgicamente,  

viniéndonos mientras nos íbamos tras viejos recuerdos.  

Muchas veces hicimos el amor contra natura,  

a favor de natura, ignorando a natura,
o de noche con la luz encendida, o de día con los ojos cerrados,
o con el cuerpo limpio y la conciencia sucia o viceversa.
 

  


Contentos, felices, dolientes, amargados.
Con remordimiento y sin sentido.
Con sueño y con frío.
Y cuando estábamos concientes de lo absurdo de la vida
 

y de que un día nos olvidaríamos el uno del otro,  

entonces hacíamos el amor inútilmente. 

  

  

Para envidia de nuestros amigos y enemigos 

hacíamos el amor ilimitadamente, magistralmente, legendariamente. 

Para honra de nuestros padres, hacíamos el amor moralmente, 

Para escándalo de la sociedad, hacíamos el amor ilegalmente. 

  

 

 

   

Para alegría de los psiquiatras hacíamos el amor sintomáticamente
Hacíamos el amor físicamente, de pie y cantando,
 

de rodillas y rezando, acostados y soñando.  

Y sobre todo, y por la simple razón de que yo lo quería así y ella también,  

hacíamos el amor voluntariamente…